MIGUEL PIÑEIRO

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Por segunda vez, Miguel Piñeiro (Vilagarcía de Arousa 1977) trae a la galería Moretart su creación plástica, en la que conjuga mitos e iconos del universo infantil, con la reflexión sobre la mirada y sus modos de interpretar la realidad.

En su anterior exposición utilizaba a la Alicia de Lewis Carroll para hablar del juego de los espejismos y de los enigmas del autismo. En su muestra, que lleva el triple epígrafe de Close Up, background y still life, propone “bodegones” sui generis, protagonizados por juguetes, muñecos y objetos diversos agigantados de aire pop, en los que vuelve a estar presente la idea de lo fabulado como una realidad paralela, entre la que está el arte.

En su resolución plástica combina el fotograbado con el dibujo hiperrealista y un montaje en forma de caja acristalada que pone de relieve la diferencia entre el primero y el segundo plano, además apela al trompe l´oeil para mostrar que toda forma de ver es, en cierto modo, engañosa y que construimos la realidad en base a lo que nuestros sentidos y nuestra memoria nos proporcionan; para abundar en ello convierte en símbolos algunos instrumentos, como una cámara leica arrumbada tras un gigantesco Popeye, unas gafas de las que se usan para ver en tres dimensiones, un escenario que recuerda la pantalla de un cine…

Igualmente simbólico es el cristal que cierra el recinto del acontecer y que oficia a modo de primer plano, en el que ha pintado, por el método del trampantojo diversos motivos aislados: un zapato rojo y una barra de labios, una tostadora de pan, una lata metálica aplastada, un rotulador edding, una regla, un bolígrafo o un cochecito; detrás, en el fondo, otra escena ajena a la primera se sucede, y el juego de las ilusiones está servido: El Toy soldier que parece custodiar un coche rojo no es más que un soldadito de juguete, una réplica inventada de un soldado de carne y hueso ¿pero acaso este no puede ser también un invento?

Las relaciones espaciales aparecen asimismo trastocadas, con la consecuente ruptura de la lógica del tamaño, de modo que lo que está en primer plano puede ser más pequeño que lo que aparece al fondo, al mismo tiempo que establece contrapuntos o simultaneidad de lo incongruente o de lo azaroso; así una página de Tintin convive con una taza de desayuno y un anuncio de mantequilla, o bien, la bandera de los EEUU hace compañía a una enorme canica. “No me toques las canicas” –dice– y la ironía deja caer su sutil quiebro.

 

MIGUEL PIÑEIRO