Los renglones torcidos de la democracia

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uando los ciudadanos de un país democrático se convierten en súbditos de los delincuentes es por que algo huele a podrido en esa democracia. Ella no tiene culpa, lo sé, es solo la disculpa, pero el hedor comienza a ser insoportable y lo más terrible es que no hay necesidad de tener que vivir en esta inmunda alcantarilla. Si no hubiese otro espacio, otra generosidad, otra forma de hacer las cosas, de tratar a las cosas y a las personas, no estaría tan enfado, tan triste, tan derrotado, porque en este País aún lo hay, siempre lo ha habido, tejido sano, hombres que respetan las normas y a sus conciudadanos, que trabajan honradamente y pagan sus impuestos. También hay quienes caen en el error del delito y quienes deliberadamente delinquen y pagan por ello, a ellos también se le debe dignidad, la de redimir su culpa, la de afrontar su responsabilidad, la de ser consecuentes con las normas que rigen el elemental principio de igualdad ante la ley. 
Viendo el trato dispensado a los condenados por el golpe de estado en Cataluña: cárceles de puertas abiertas, las suyas, beneficios penitenciarios, los suyos, y un tercer grado otorgado por ellos mismos, no queda sino alzar la voz y denunciar que este no es un gesto de tolerancia ni de progresismo. No caben los de esta índole en el Estado de derecho, son, por el contrario, el peor de los gestos, el de la desigualdad como norma y la impunidad como derecho de una casta sin dignidad. 

Los renglones torcidos de la democracia