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Parece que Dios –cuya ausencia tanto ha protestado el hombre a lo largo de los siglos– ha decidido obsequiarnos con una tournée científica dejándonos su tarjeta de visita. Así deducimos ante el descubrimiento de esa partícula –denominada Bosón de Higgs en memoria de su descubridor– responsable de la masa de todas las demás que circulan por un campo de energía extendido pro todo el universo... Cierto que todavía pervive lo de aquellos neutrinos que corrían más que la luz, posteriormente descalificados con pérdidas de medallas por haberse dopado. No obstante, estamos tan ansiosos de felicidad que la perseguimos bajo cualquier pretexto. Incluso los israelitas, que tanto han divinizado su cultura, quisieron ver ese rostro buscado por sus milenarias creencias.

Escribo al pairo de un libro encuadernado en blanco (dos tomos), publicado recientemente, escrito por Joseph Ratzinger y titulado “Jesús de Nazaret”. No es hora ni ocasión de comentario crítico aluno, pero si de destacar su sencillo y expresivo lenguaje filosófico y las no menos profundas raíces teológicas. Sinceramente, aunque leído con pasión y velocidad vertiginosa, muchas de sus argumentaciones y exposiciones me sobrepasan. Sin embargo, quizás por su turbulencia de entrega y aceptación moral, identificamos esa figura de un Jesús real e histórico, desde la tesitura de los evangelistas sinópticos, con manto protector sobre todos los hombres. Amaos los unos a los otros. Pero fuera o no Dios, su contextura ética, enseñanzas, inocencia y sacrificio nadie osa discutirlo. Absolutamente todos luchamos por alcanzar ese paraíso. Tal como me hace recordar la Madre Teresa de Calcuta cuando en una entrevista el periodista preguntó: “A su juicio, para que el mundo sea mejor, ¿qué tiene que cambiar?”. Y su respuesta fue concisa, a bote pronto: “Usted y yo”.