Triunfalismo y prudencia

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El triunfalismo es exceso de optimismo y el derrotismo lo es del pesimismo. Ambos excesos son opuestos a la prudencia e igualmente negativos para la acción pública. Ambos distorsionan la realidad. Esta es una mezcla de luces y sombras. Por lo tanto, ni todo es positivo ni todo negativo. Cualquiera de esos enfoques es parcial e interesado. Destacar los indicadores positivos, ocultado o minimizando los negativos, es lo que podríamos llamar la política a la carta que sólo contiene lo que es recomendable y favorable.
Por otra parte, la oposición no debe recluirse únicamente en su función de crítica a la acción de gobierno. Debe plantear una política alternativa de propuestas y medidas concretas que, además de señalar los defectos y errores del gobierno, proponga fórmulas adecuadas para subsanarlos y corregirlos.
La crítica al gobierno no es incompatible con la formulación de propuestas que se estimen más justas, sociales y progresivas.  Esa idea parece exigir que toda objeción incluya una propuesta alternativa.
En realidad, la oposición como opción de gobierno, debe convencer más por lo que proponga que por lo que critique. El poder, por su parte, debe admitir “del enemigo, el consejo” y no renunciar a la autocrítica, que suele ser un excelente depurativo para los excesos.
La soberbia del triunfo, no debe incitar a la siesta ni al descanso, pues los problemas nunca se resuelven definitivamente.
Que el triunfalismo no permita al gobierno recrearse en la suerte o dormir en los laureles es misión propia de la oposición. Que el triunfalismo no encubra defectos estructurales es igualmente la crítica que debe ejercer la oposición. Que la mayoría parlamentaria, no actúe como un “rodillo”, corresponde evitarlo a la oposición recurriendo al Tribunal Constitucional cuando sea necesario, y también, en su caso, a la propia jurisdicción  ordinaria.
La prudencia, como virtud, consiste en el justo medio, como decía Aristóteles. De ahí la necesidad de luchar para no caer en los extremos.
Si el triunfalismo se contenta con un éxito transitorio o pasajero, una vez desaparecidos sus efectos, revivirán con más fuerza la decepción y el desengaño. En una palabra, el triunfalismo no puede consistir en “pan para hoy y hambre para mañana”.
El político, para alcanzar sus objetivos, no debe detenerse ni conformarse con los éxitos parciales logrados en el camino, pues sólo al final de éste, se consigue el verdadero triunfo. Es conveniente ganar batallas; pero más importante es ganar la guerra. En este caso se trata de vencer al derrotismo, recuperando la confianza del pueblo en sus representantes políticos, por la eficacia de su gestión y la permanencia y estabilidad de sus favorables resultados.

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