Trompetas

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Aunque un grano no hace granero pero ayuda al compañero, nuestra Orquesta Sinfónica de Galicia como colectividad sobrepasa el concepto de manantial desplomándose en catarata creadora. No soy técnico musical ni poseo siquiera conocimientos iniciales, sin embargo disfruto sus conciertos. Me arrancan del tiempo y me seduce con éxtasis exquisito lleno de ternura, belleza y satisfacción… Así el pasado viernes escuché “Concierto-Misterio” del ruso  Wladimir Rosinskij, escrito a petición de la Fundación SGAE y la Asociación Española de Orquestas Sinfónicas. No me deslizará por análisis valorativos, pero quiero destacar la impresión que me produjo la introducción del  “Karnyx” en el conjunto como instrumento de viento con antigüedad de la Edad de Hierro y considerada “trompeta celta”.
La música es la expresión hablada del pueblo y la trompeta una de sus voces constantes en el tiempo. Recordemos el shofar bíblico –cuerno de macho cabrío– que todavía sigue usándose por los j judíos. O el romanticismo con un atronador Wagner que incorporará a la orquesta sinfónica la trompeta bajo y las tubas. Similares instrumentos, con denominación “nafir”, tocarán en los torneos y acompañarán a los soldados en campaña. El camino pasa por Nueva Orleáns, ciudad de los mil bares y clubes con su propia banda. Fue la transformación del jazz en expresión individual conforme testificaría Louis Armstrong, sonido brillante y resonante de una trompeta tocada por Dios.
La pureza es lo que vale. Tanto de “jazz” como de música clásica. Maurice André y su “piccolo” –menos tamaño y cuatro válvulas–, Hakan Hardenberger y sus efectos y Wynton Marsalis con técnica impecable y bellísimo sonido que le hizo ganar un premio Pulitzer. Nuestra Sinfónica es el mejor tesoro cultural. Los sacrificios por mantenerla están justificados. Rechinar de grillos apagados por la esperanza del “karnyx”.

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