LA ENCUESTA

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Era un tipo muy agradable. Bien proporcionado. Apolíneo. Cordial. Simpático. Con gestos amistosos y sonrisa así de ancha. Los ojos grises brillaban, alegres y luminosos. Voz campanuda, grave, seductora, penetrante para alcanzar intimidades sin notarlo. Le acompañaba una muchacha, también guapa. Ambos abordaban a cuantos pasaban al lado. “¿Me contestas unas preguntas?, ¿puedo robarle unos minutos?, acabaremos muy rápido, la encuesta es sencilla, preguntas concretas que no le comprometerán”. Pero las gentes no estaban por la labor. Todos tenían prisa. Mil disculpas. Perderían su último tren.
Entonces, por única vez e intentando que no fuese precedente inicial alguno, me acerqué al muchacho, vestido con vaquero informal y aseado. “Comprendo que los transeúntes no disponen de tiempo –reconocí–, ¿si yo te sirvo?”. Asintió complacido. Colocó sobre la tablilla el test, sostuvo con firmeza el bolígrafo y fue desgranando las preguntas del cuestionario… Uno de tantos. Inquiriendo mil chorradas interesantes para la empresa de prospección y que al interrogado le saben a chino sin relevancia. Para mi asombro –ello me congratuló– no se trataba de ninguna indagación de voto en las próximas elecciones. Aludía al medio ambiente, a medidas de subsistencia, creencias materiales y espirituales. Incluso el sondeo insistía en la organización económica de las primeras comunidades cristianas y también mencionaba el mitin de las bienaventuranzas del revolucionario Jesús de Nazaret, dicho después de llenar el estómago de sus oyentes.
Al terminar, tras darme gracias, formuló la última cuestión. “¿Cada semana, en su hogar, siempre hay días donde se come carne, pescado y pollo?”. La inquisición rompió mis esquemas. Afortunadamente no es mi caso, pero si se perseguía la respuesta es porque existían muchas casas que sufrían hambre y oscuridad…

LA ENCUESTA