LA VOZ DE LA MIRADA

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Tras una larga y fructífera carrera artística  que se aproxima al medio siglo, Alfonso Costa ofrece, en el Palacio Municipal, una mínima selección, “casi”  antológica, de los últimos treinta años, cuyo hilo conductor es su insistente pregunta sobre el ser; en el centro de todo ello está el ser humano, ya dejando sus marcas y huellas sobre la piel de la tierra, ya abriéndose en  preguntas hacia las cósmicas dimensiones.
Son sólo 17 obras, pero escriben una trayectoria clara, un camino, desde los gestos y gestas del Primitivo de Ulldecona, hasta los estallidos, en clave de andrógino mítico, del big-bang; en el primero está la tierra corporeizada; en el segundo es la luz misma la que toma forma humana, en medio de la inmensa masa oscura de lo inmenso desconocido; después está La Aurora, con su danza de níveos velos y adelgazadas y transparentes gasas; están los ritmos astrales del imperturbable reloj cósmico y, al lado, el hombre buceador que se retuerce en tubular abismo, para indagar en el insondable misterio de su propia identidad.
En clave de sanguínea columna, que va dejando heridas color carmín, aparece El esternón del tiempo, con la hierática efigie de un hombre adosado, a modo de encadenado Prometeo y que trae legendarias evocaciones de estatuas antiquísimas, coma las de los gigantes de Tula o los moai de la isla de Pascua. Y de islas perdidas en el infinito de las figuraciones fantásticas habla su Isla del tesoro, quizá su cuadro más misterioso, donde la enorme oscuridad se llena de polícromas cadencias, de cromáticas escrituras.
Cuadra, entonces, a la perfección, el oxímoron “La voz de la mirada”, donde  él reflexiona sobre su creación, sobre las formas que afloran “través de la puerta mágica” de su subconsciente, cuando se pone a pintar; pues su mirada se vuelve siempre hacia lo interior y se hace grafismo para traducir las voces que le hablan desde remotas dimensiones y que van emergiendo desde el silencio blanco y desde el sombrío túnel, en donde aguarda la epifanía de la luz; él define esas apariciones, como “enjambres de semillas”, como “agua convertida en lágrimas”, polvo de estrellas configurando orgiásticas apariciones. No son sólo metáforas, son imágenes de lo real que aún espera ser prefigurado, son los alumbramientos que sólo advienen al verdadero artista, a aquel que como Alfonso Costa sabe escuchar y dejarse poseer por la música de las esferas, por las incitaciones de la utopía, es decir, del “no lugar”.

LA VOZ DE LA MIRADA