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Las playas –nuestros amplios, recónditos y salvajes arenales, hay gusto variopinto– son panales de rico asueto a los que acuden mil moscas…, lastimados los pies por sus arenas de caolín abrasivo. Colmenas con imán turístico limitado porque aquí el sol no quema y se sirve en copa de brisa fresca, aromática y tonificante.

Cuando logramos librarnos de lluvias y nieblas no hay mejor paraíso. Es el Atlántico cruel y bravucón que en las rías gallegas, altas y bajas, duerme para mecerse en verdes fiords. Aquí, durante el estío, se calma y sueña historias de naufragios con tregua de paz convenida.

Comporta una naturaleza que estira y ateza la piel de los usuarios y besa a los bañistas que invaden sus aguas frías. Los socorristas –atuendos color butano y flotador al hombro– vigilan permanentes el disfrute de las playas. Mientras, las familias, gozan y están entretenidas pues son gratuitas, aunque los agoreros ya vaticinen la implantación de una tasa municipal para acceder a ellas.

No obstante, dejamos el “gafe” para peor ocasión y clavamos los ojos en chiquillos que juegan con las olas en la orilla, hacen parapetos o construyen castillos donde viven aventuras heróicas, bajo la protección de las madres, dotadas con cien ojos, para que cincuenta descansen y los otros cincuenta estén bien abiertos.

También parejas jóvenes, de ébano y en topless, se abrazan remedando a Eunice y a la musculatura de Ronaldo… Otras criaturas en sillas de ruedas, capiti-disminuidos físicamente se arrastran por la arena apoyados en muletas y bastones buscando su lugar al sol. Y muchos jubilados, mujeres y hombres, aprovechan una vida que renace a diario. Y conversan, chancean, ríen, cuentan “mil batallitas” y hacen “rabiar” unos a otros porque cuanto más grande es el afecto más zahirientes son las “bromas”.

La roja esperanza riela en el horizonte.