Depredación

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Nació de la falta de urbanidad. Alguien comía un melocotón y arrojó el hueso al suelo. La casualidad le dio tierra. Está la posibilidad de germinar. No las desaprovechó. No guardaba o aguardaba otro destino. 
Despuntar supone un esfuerzo. Sobrevivir una sucesión de casualidades que no estaban en su mano. Él lo hizo. El medio ayudó. Nació en una franja de terreno inclinada y sucia. Situada para más aislamiento entre calles, caminos y un “parking”. Los coches pasan. Pasan los hombres. Mean los perros. Un lugar ajeno a la apetencia, eso es.
En esa franja de tierra se cuajó de ese coraje que son las raíces y de esas hojas que son bocas. Se hizo árbol, bastardo, sí, pero árbol capaz del supremo esfuerzo de florecer y engendrar pulpa con la que alimentar semilla.
Nunca tuvo, de cuantos por allí pasan, excesiva atención o cuidado. Algún pellizco que se le llevó una rama. Y el gesto de asco de aquel que tomó de él el fruto aún verde, lo mordió y escupió con rabia.
La primavera pasada, quizá por orgullo o soledad, floreció rotundo de luminosa angustia. Nadie lo esperaba. Tampoco de su fruto. Pero llegado este alguien reparó en su buen color, en lo carnal de su aroma. Probó, y se desató la locura, cientos de manos, palos, cubos… Fue expoliado sin cuidado, espiado sin misericordia. 
Ahora luce triste en ese desarreglo. Tanto que florece pena.  Tanta que te llena el alma de amarga melancolía. 
Hoy llovió, pero no son esas sus lágrimas. 

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