De par en par

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No sé qué puede ser lo más asombroso en este proceso negociador multibanda que partidos y grupos parlamentarios llevan a cabo para hacer viable la legislatura: si la opacidad ante la opinión pública con que se está desarrollando; la aparente facilidad con que se cierran compromisos, aun en contra total de los respectivos programas; o esa doble vida de quien se comporta al tiempo como constructor y liquidador, socio y opositor, según convenga.
Muchos se preguntan si buena parte de esto que Partido Popular y Gobierno asumen ahora sin mayores visibles problemas por mor de la precariedad parlamentaria  no lo pudieron haber acometido en la anterior legislatura en muy otras condiciones. Da así la impresión de que ambos están autoaplicándose una especie de moción de censura a inmovilismos pasados. Días atrás la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría se disculpaba con la pobre justificación de que habían estado muy ocupados con “la emergencia nacional de la crisis económica”.  
El hecho es que en esa pretendida búsqueda de votos y apoyos “donde los haya”, el Gobierno ha abierto puertas, ventanas, claraboyas, tragaluces, óculos y celosías. Y, claro, todo el mundo se ha puesto a la cola. La pregunta lógica e inevitable es si habrá dinero para todo y para tantos.
La predisposición expresada en el Senado por Mariano Rajoy a poner en marcha un nuevo ingreso mínimo vital y a recuperar el subsidio para los parados de larga duración mayores de 52 años, envía de entrada un mensaje contradictorio sobre la estabilidad presupuestaria y los objetivos de déficit comprometidos con la Comisión Europea.
Además, la subida acordada de las cotizaciones sociales, el incremento de los pagos fraccionados del impuesto sobre sociedades y la subida del salario mínimo en un ocho por ciento para este año que entra, van a tener, según todos los analistas, un impacto considerable en el crecimiento y la creación de empleo: el Producto Interior Bruto podría aumentar dos décimas menos y se dejarían de crear cien mil puestos de trabajo. 
Tampoco olvidan los entendidos que vientos favorables de cola que hasta ahora venían soplando, como el bajo precio del petróleo, van a dejar de ayudar y que su fuerte impacto en la economía podría producir un repunte de la inflación –por encima del dos por ciento, según los datos del Banco de España– y una reducción del poder adquisitivo de los consumidores.
Finalmente, el enorme gasto social –educación, sanidad protección social– que en el año a punto de concluir habrá superado por primera vez en la historia los 300.000 millones de euros sería difícilmente sostenible si no se aquilatan muy bien los eventuales nuevos compromisos a futuro. Salvo, claro, que se esté pensando en volver a elevar la presión fiscal sobre los particulares y las empresas. Que ya no es pequeña.

 

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