Redescubriendo a Sorolla

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Un novedoso enfoque del pintor Sorolla (1863-1923) ofrece la Fundación Barrié en la exposición “Sorolla tierra adentro”, cuya comisaria, Carmen Pena, hace un excepcional estudio de su obra, descubriéndonos sus relaciones con la Institución Libre de Enseñanza y con los afanes regeneracionistas de Giner de los Ríos.
Acostumbrados como estamos a ver a Sorolla según el estereotipo del pintor de la luz mediterránea, estos 68 paisajes de la España interior nos acercan a una paleta de las más variadas inflexiones cromáticas y nos devuelven a un pintor entrañado en el descubrimiento de lo más solariego y lo más ancestral de nuestra vieja y riquísima Iberia. Alrededores de Madrid, el Guadarrama, Castilla y sus trigales, Toledo, Burgos, Segovia, Ávila, Asturias, Guipúzcoa, Sevilla, Granada... advienen a sus lienzos, demostrando su extraordinaria capacidad no solo para la entonación perfecta de los diferentes matices de la luz, sino con una emoción viva que trasluce que lo que pinta no es copia del natural, sino comunión honda con el alma del paisaje, tal como la sintieron poetas como Unamuno o Machado.
Instalado en el realismo de pura raigambre nacional, según el magisterio de Velázquez, pero teniendo detrás la soltura de trazo y la impronta del plein air ofrecida por el impresionismo y el postimpresionismo (aunque nunca se manifestó adicto a los tales), sus paisajes muestran a la vez la frescura que exige la captación directa y rápida del natural y la veracidad de las raíces en las que están instalados.
Así “Tormenta sobre Peñalara, Segovia” es una orgía de turbulentas nubes de color malva grisáceo que se ciernen sobre las moradas colinas y las laderas negro-azuladas, con la llanura de dorada mies a sus pies; toda la energía y el aliento de Castilla están ahí concentrados, con su carga de geológica belleza y de silencio místico. Y cuando pinta los Molinos del Tajo de Toledo se siente la erosión de la piedra, las retorcidas anfractuosidades y quebraduras de los riscos que ascienden en escalas cromáticas del ocre al siena claro y violáceo, entre complementarios de delicadas gamas turquesa y esmeralda; casas y caminos se funden ahí con la tierra y hablan del hombre que a ella se ha integrado para vivirla; el latir del lugar se ha comunicado intensamente a la mano del pintor que pasa de ser un mero espectador a un enamorado.
Si ahora vamos a los Campos de trigo de Castilla, la inmensidad se abre en terrosas y anaranjadas planicies hacia la lontananza donde ya sólo está el cielo y la pincelada se hace también plana, se extiende lenta y sosegada para hablar de quietud, de tiempo inmemorial ahí detenido. El pintor que presumía de haber sido cerrajero nos abre, así, con su pincel, las puertas de lo autóctono.

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