FRONTERA

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Estoy en la frontera, apreciando la percepción de finos que tienen los portugueses de los españoles. Es verdad que toda la gente fronteriza se ama y se odia a la vez. Es inevitable desde A Fortaleça no vigilar al otro país, con el Miño por medio y esas murallas para defenderse.
Con la crisis económica, los portugueses de la frontera volvieron al sacrificio, como si de una cosa completamente natural se tratase, trabajar a destajo, sin horario, “vosotros los españoles seguís cerrando a las ocho, a pesar de que no se vende y alguno se sigue yendo de vacaciones”.
Ellos, la revolución de los claveles y nosotros, la transición; entre ellos ha desaparecido cualquier ánimo de enfrentamiento, nosotros, “cristianos viejos”, continuamos con nuestro “guerra-civilismo” a cuestas; que se lo pregunten al cardenal  Rouco Varela. Compartimos el Miño y la lamprea y seguimos queriendo a Xosé Afonso.
Quizá tengan algo de razón, seguimos siendo hidalgos y ahora en épocas de vacas flacas se nos nota más. Tendremos que aprender de Portugal, al menos a no ser un estado confesional.

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