El carril bici que más enfada del mundo

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El Tour es pura pasión. Se ve con un ojo abierto y otro sin cerrar; eso sí, haciendo un gran esfuerzo para superar el sopor de la sobremesa, que se acaba imponiendo y ámbolos dous ollos péchanse al pie del Alpe d’Huez y no se vuelven a abrir hasta que el ganador de la etapa, un tipo bajito y enjuto, ya está en el podio y en una ceremonia propia del heteropatriarcado recibe los besos de unas chicas en minifalda. A alguien de la Marea, nasía pa’ganá, tiene que enloquecerle ese espectáculo –el de ver a unos tíos dando pedales, no el de los besos– porque no hay manera de apear a la xente do común de su empeño en que A Coruña tenga más kilometros de carril bici que de calles peatonales. Quizá así en el futuro se consiga que el tipo bajito y enjuto que gana etapas y quizá hasta el maillot amarillo del Tour sea coruñés, pero lo que ya se ha conseguido ahora es que los vecinos boten lume por la pérdida de plazas de aparcamiento por el aumento del espacio reservado para la circulación de bicicletas y que incluso las firmas en las que se expresa el desacuerdo, como las cuatrocientas reunidas en Monelos, acaben en el cesto de los papeles. ¡Qué raro que los mareantes hayan encontrado un modo más de enfadar a los ciudadanos.

El carril bici que más enfada del mundo