En nombre de la libertad

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no son buenos tiempos para el sentido común ese que nos hartamos de reclamar a nuestros gobernantes pero que no practicamos ni nosotros mismos. El último sinsentido lo escucho cuando me pongo al teclado para juntar estas letras que en forma de artículo les ofrezco todas las semanas para abrir debates y plantear un punto de vista personal sobre cuestiones de actualidad. 
Un juez  acaba de tumbar la norma dictada por la comunidad de Madrid sobre la prohibición de fumar en los lugares públicos cuando no se pueda guardar la distancia de seguridad. Esta idea, de la que el presidente Feijoo es el padre, no sé si es útil en la lucha contra los contagios del virus, pero mientras no haya evidencia de que no lo es, parece razonable intentarlo si contribuye al cuidado de nuestra salud. Dice el juez que la prohibición limita derechos fundamentales y que, al no estar en estado de alarma, no es legal. Ya dije que, a mi juicio, nadie sabe nada sobre el bicho asesino y que hasta que no aparezca la ansiada vacuna, solo podemos adoptar medidas preventivas de cara a evitar contagios y por eso vamos con mascarillas, mantenemos distancia social o evitamos fumar en público. 
Son medidas inocuas, no hacen daño a nadie y pueden procurar beneficios para todos y solo por eso, merece la pena intentarlo. Ahora no puede haber medias tintas, ni debemos de hacernos trampas al solitario, tenemos encima un problemón que no tiene solución de momento y que exige responsabilidad individual pero, no nos engañemos una vez más, no es suficiente. Lamentablemente el cuerpo social reacciona a las multas, a las sanciones y no responde cuando se apela a la bondad de los seres humanos. Parece que esos jóvenes que se mezclan en fiestas o hacen botellón son supermanes con los que la pandemia no va. Es mentira, falso de toda falsedad. Se contagian y con ellos a sus padres y abuelos algunos de los cuales puede fallecer por el capricho y la irresponsabilidad de sus hijos o nietos. Ellos también apelan a su libertad, pero me pregunto, ¿qué libertad es esa que pone en peligro vidas ajenas? 
Desconozco si esos jóvenes mandarán unas flores a su familiar o amigo fallecido por su irresponsabilidad, quizá con una cinta que diga “de mi botellón a tú entierro con cariño”. Pero no son solo jóvenes los que actúan con irresponsabilidad, hace unos días vimos una manifestación en Madrid de “negacionistas” personas mayoritariamente adultas que sin ninguna medida preventiva gritaban juntos “bote bote, aquí no hay rebrote”, alguno de ellos ya está en manos de los sanitarios que intentarán salvarle la vida y nunca sabremos cuántos contagiados se cobró esa manifestación pero sí podemos afirmar que los asistentes tenían, cuando acudieron, alguna patología previa, alguna enfermedad mental. 
Más indignante es que esa reunión haya sido autorizada por el delegado del gobierno en Madrid, el mismo que aplaudió la del 8-M y que, claramente, no aprendió nada. Ahora da la impresión de que, para algunos, la libertad consiste en elegir si desea morir de Covid o de miseria si volvemos a un confinamiento porque la economía no lo soportará y el hambre también mata. La libertad es respeto, básicamente a los demás, pero también a uno mismo. Nadie puede invocar el nombre de la libertad para causar daño y dolor. Para gozar de la libertad no se puede pisotear la salubridad, la de uno ni la de los demás. Ahora, sigamos jugando, la parca está a la espera.

En nombre de la libertad