LECCIÓN DESDE ALEMANIA

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Se había quedado a cinco escaños de la mayoría absoluta y a larga distancia de su inmediato seguidor. Podía incluso haber sido elegida canciller por mayoría simple en una segunda votación. Pero ateniéndose a un procedimiento muy arraigado en el país cual es la búsqueda de mayorías políticas sólidas, la triunfadora Angela Merkel optó por buscar una coalición de gobierno. Y en intentarlo en primer término con su máximo rival, a pesar de haber obtenido éste el segundo peor resultado de su reciente historia.  
Así las cosas, y después de casi tres meses de contactos y negociaciones, los mayoritarios CDU/CSU y los socialdemócratas del SPD alumbraron un acuerdo donde unos y otros, en aras de esa estimada estabilidad gubernamental, cedieron importantes parcelas programáticas y donde cada uno de ellos logró sacar adelante posiciones consideradas irrenunciables. Los unos, por ejemplo, la no subida de impuestos. Los otros, el establecimiento del salario mínimo.
De esta forma, Merkel asumió hace unos días su tercer mandato consecutivo como canciller de Alemania. Lo ha hecho también al frente de un Gobierno que es fruto de la tercera “gran coalición” entre conservadores y socialdemócratas de la historia del país y, además, con el mayor apoyo parlamentario obtenido por ningún otro dirigente desde que en 1949 fue fundada la República Federal de Alemania: 504 escaños en el Parlamento frente a los 127 de la oposición.
Para estas nuestras latitudes, no deja de ser atípico –y al mismo tiempo ejemplar– ver a los dos grandes partidos poniéndose de acuerdo en cuestiones de la más alta gobernabilidad. Y, además, en la forma en que lo han hecho. Doce grupos de trabajo especializados en materias diversas prepararon papeles y documentos varios  para los 77 negociadores que componían la “mesa grande”. Por encima de ella funcionaba una “mesa pequeña”, de quince miembros, donde los pesos pesados de las partes intervenían en última instancia para resolver  eventuales atascos.
En torno a las 300 personas participaron en las negociaciones. Y fruto de ello, con sus inevitables momentos críticos,  fue el gran acuerdo que quedó plasmado en un texto de 185 páginas. Tal como estaba convenido, el pacto fue sometido a votación y refrendado por muy buena parte de los casi 500.000 militantes socialdemócratas.
Para nuestros usos y costumbres, todo el proceso constituye una lección de seriedad, solvencia y garantismo en materia de comportamientos políticos. Y sobre todo, cuando se empieza a hablar –o a especular– de un escenario de cara a las elecciones generales de dentro de un par de años donde la previsible y creciente fragmentación del voto abocaría a una única alternativa estable: PP-PSOE. ¿Sería posible? Hoy por hoy parece harto complicado. Pero no habría que descartar nada.

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