Populismo impopular

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Resulta contradictorio y paradójico que los movimientos populistas presuman de su origen popular y ciudadano y, sin embargo, cuando llegan al poder rechazan, prohíben o no prestan ayuda, apoyo y colaboración a las festividades patronales o conmemorativas, costumbres y tradiciones de mayor arraigo popular e interés turístico que se celebran periódicamente en muchos pueblos y ciudades de España. Del “prohibido prohibir”, que fue la divisa del Mayo francés de 1968, se pasó a la fiebre de querer prohibirlo todo
Ese populismo impopular desconoce que la naturaleza de esos actos religiosos, conmemorativos, deportivos, turísticos o lúdicos forma parte integrante del acerbo histórico cultural que, transmitido de generación en generación, conforma el alma y el espíritu de un pueblo. La propia palabra pueblo en alemán “volk” tiene la misma raíz que la castellana “folklore” y que se define como conjunto de creencias, costumbres y hábitos tradicionales de un pueblo.
Es una falacia hablar de popular, populista o populismo cuando no se respetan las manifestaciones espontáneas y genuinas del pueblo y sus costumbres más profundas y arraigadas.
Si las etiquetas no se corresponden en la realidad con lo que significan y representan, se incurre en un comportamiento fraudulento que, a la larga, produce desengaño y frustración.
Es contradictorio que produzcan indignación los mismos movimientos que fueron alentados por los que se consideraban indignados.
En consecuencia, las palabras deben servir para expresar nítida e inequívocamente, las ideas; de lo contrario, se convierten en “caballos de Troya” que introducen mercancía de contrabando en el ámbito del pensamiento y, sobre todo, del conocimiento.
Ya en la Biblia se dice que en el principio fue “el Verbo y el Verbo se hizo carne”, es decir, que la palabra se encarnó en la realidad, sin crearla, inventarla ni falsearla.
Idéntico significado del término latino “verbo” tiene el concepto griego del “logos” como sentido de la existencia o de “lo real por excelencia”.
En virtud de ese criterio, puede decirse que la filosofía se inició con “el paso del mito al logos”. Esto nos lleva a la conclusión de que cuando los hechos no se corresponden con las ideas, abandonamos el logos y retrocedemos al mito, lo que supone un salto atrás en el curso del progreso y la civilización.
Si mitificamos el lenguaje y lo desconectamos de la realidad, permaneceremos anclados en el pensamiento; pero no avanzaremos en el terreno racional del conocimiento. 

Populismo impopular