Dialéctica generacional

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Con esto de las generaciones andamos todos estresados. Ciertamente a la mayoría de las gentes les preocupa un pito los problemas y valores morales de los demás, pero, sin embargo, pierden la cabeza pensando por quién inclinarse a la hora de depositar su voto en las próximas elecciones generales. No existe normativa conceptual. Empero recuerdan aquella literatura oscura que movía a confusión –“en una de fregar cayó caldera”– o la movida filosófica del período de quince años orteguiano, apoyado en Tácito como señal inequívoca de cambio histórico. También el prosaico Código Civil que equipara grados con generaciones. Abuelos, padres, hijos, nietos. Unos forman y educan a otros – eso deberían– o se saltan obligaciones dejándolos al sereno como si la responsabilidad de concebirlos no fuese con ellos.
Aseguran que cualquier tiempo pasado fue mejor porque los chicos no eran tan malos como hoy. Lo malo es que la contradicción se desmiente con el nada hay nuevo bajo el sol... Valga un ejemplo: “Esta juventud esta malograda... Son malhechores y ociosos. La juventud de hoy no será capaz de mantener nuestra cultura...” Asombra comprobar que la inscripción se lee en una vasija babilónica de 2.000 años antes de Cristo. No hay otra cera que la que arde. Lo acredita un paseo por nuestro siglo de Oro. “Virtud y filosofía/ peregrinan como ciegos;/ eI uno se lleva al otro,/llorando van y pidiendo” (Lope de Vega).
Confiemos mientras en el sentido común de nuestro pueblo y su fortaleza para superar cualquier crisis con buen humor y esperanza. Tal el retablo de Arcenillas, donde un mozo trasiega vino de la cuba al jarro para que Baltasar de Alcázar rime: “...Si es o no invención moderna,/ vive Dios que no lo sé;/ pero delicada fue/ la invención de la taberna...”
Verdades que escapan de una tierra circunfleja que hacen reflexionar a Groucho Marx: “Dios ha muerto. Zaratustra ha muerto. Yo tampoco me encuentro muy bien”.

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