Mi cuenta

Las notificaciones están bloqueadas. ¿Cómo desbloquear?
El Ideal Gallego Fundado en 1917

Mi cuenta

Las notificaciones están bloqueadas. ¿Cómo desbloquear?

“Siempre me reprochas –las blandas palabras se hacen caricias– que venga a la playa tan descocada. Debes acostumbrarte. Todas andamos medio desnudas y los chicos tienen otras opciones para elegir”.

“Soy celoso –replicó su interlocutor con vuelo de gaviotas sobre las olas–. Te quiero para mi solo. Ni familia, ni amigos, ni mi trabajo diario –en estos tiempos difíciles– me llenan”.

“Cariño –aclaró coqueta, mientras se colocaba el sombrerito canotier y el fular de gasa que flotaba en la brisa–, no pretendo darte achares. Hay que ser libres. Dispuesto a fumar un porro o darse un chute que nos lance a la felicidad prohibida”.

“Soy agnóstico –precisó hirviente su pareja–, sin embargo, por ti creo en Dios. Incluso te permito que vayas a la parroquia”.

“No seas impío –reprocha cadenciosa y femenina ella–. ¡Si lo saben tus hermanas se disgustarán! No podemos saltar de nuestra sombra. Siempre irá con nosotros. ¿Cómo podría si no conservarte de tanta ‘lagarta’? Así coincidimos el uno para el otro. Cada vez que me rozas un muslo, tocas mi mano o besas mi boca, salto como si fuera epiléptica! Añoro tu voz ronca, el arrullo de un piropo o tu mirada anhelante”.

“No aguanto más –confiesa él–. Necesito compartir nuestros cuerpos en la misma cama. Aseguras que me quieres. ¿Y si de una vez rompiésemos ataduras y escapamos mundo adelante?”.

Ambos permanecen silenciosos observando el horizonte de la ensenada del Orzán, donde un gran crucero pinta una marina infinita. Un aldabonazo cruel cierra la despedida. Dos muchachas manipulan la silla de ruedas femenina, retirándola del arenal. Un robusto mocetón alcanza al hombre y le entrega unas muletas: “¡Vamos, abuelo. Ya es hora de volver a casa!”.