El refugio de los otros animales

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hace falta ser muy becerro, muy animal, para desearle la muerte a un niño de siete años. Y más si además, ese pequeño sufre un cárcel terminal y su delito fue el de desear hacer el paseillo y salir a hombros de una plaza de toros. Otro niño hubiera deseado pararle un penalti a Messi, o cantar con Shakira, o jugar un set con Nadal, o un partido con Gasol. Era el capricho de una vida que se sabía truncada y que estaba pronta a finalizar. Y solo por eso, por tener un sueño, por poder ser feliz durante un par de horas, tres tuiteros se consideraron en su derecho de desearle la muerte ya que él, al fin y al cabo, quería lo mismo para los toros. Ahora el niño ya no está con nosotros. Por supuesto no mató ningún toro, pero al menos queda el consuelo de saber que el juez ha procesado a esos tres descerebrados tuiteros por un delito de odio. Es una pena que intenet, que es una herramiente maravillosa, esté tan llena de indeseables.

El refugio de los otros animales