Palabras malditas

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Asamblea teatral en el Rosalía para ver “Palabras malditas”, estreno de Eduardo Alonso, servido por Teatro do Noroeste. Lleno absoluto. Moda informal. Rastas. Pendientes. Gorras viseras. Algún sombrero. Bravos. Aclamaciones. Antisistemas apilados cual si fuesen burguesía revolucionaria a lo Bertold Brecht, pinceladas de Ana Frank o evocaciones hacia Federico García Lorca asesinado en una cuneta y cuyo cadáver sigue sin encontrarse. Una prostituta de alto standing, que comparte habitación con un profesor de francés perseguido, en una casa próxima al Papagayo el año 1940. Referencias a calles, lugares y personajes coruñeses –negro de las corbatas al pie del Obelisco–. Poesías intercambiadas como mensajes afectivos. Una maleta sin fondo amontona los poemas del licenciado Vicente y Sara Casanovas, que irán publicándose a lo largo del tiempo en México, conforme confiesa en entrevista periodística.
El autor, además, sostiene dúctilmente las riendas de la dirección escénica que a veces se encabrita sorpresiva. Porque, pese a la belleza de una delicada historia de amor, el drama está escrito desde el odio. No se puede prejuzgar la tragedia incivil sufrida por España sino hacemos también análisis de conciencia, viendo espinas en el ojo ajeno sin ver vigas en el propio...
¡Lástima! La arquitectura teatral, sólidamente construida, transforma una brillante tesis en triste panfleto. “Nosotros –dirán los aduladores de turno– somos los buenos, buenísimos... y los otros, la canalla sin redención posible”. ¡Allá cada cual! Bien resueltas escenografía, composición musical –a veces un pelín estridente–, iluminación y proyecciones videográficas. Excelente Luma Gómez en esa mujer innominada y analfabeta que sacrifica todo por salvar a su hijo. Miguel Insua llena la escena y da en ese elegante reprise de las palabras –aunque se brinde por ellas al ser malditas– .Sara Casanovas se excede en saltos y grititos.

Palabras malditas