Mi cuenta

Las notificaciones están bloqueadas. ¿Cómo desbloquear?
El Ideal Gallego Fundado en 1917

Mi cuenta

Las notificaciones están bloqueadas. ¿Cómo desbloquear?

Un terror milenario recorre España. En la torva recesión que se ha colado como plaga fatídica en nuestro estado de bienestar. Aquellos despilfarros a troche y moche de un país idílico devinieron en páramo angustioso. Vivimos economía de guerra y así nos va.

Las viejas mesnadas medievales nos recortan beneficios sociales alcanzados; los almogávares atacan con impuestos y bajadas de sueldos; otras tropas incontroladas saquean los ahorros, nos lanzan a la esclavitud del paro, cierran con duras y espinosas empalizadas el paso al trabajo de una juventud sin horizontes. Es duro. Sin embargo, no hay más remedio que luchar contra la desesperanza, aunque algunos ejemplos, tristemente, cierran paso al optimismo…

Porque no vale ahora reclamar, Mar Barcón dixit, que se retire el título de hijo predilecto de La Coruña a José Luis Méndez cuando hasta hace pocas jornadas compartía sin rubor con el exbanquero mantel, comida y ganancias en forma de dietas y asistencias como miembro del Consejo de Administración de Caixa Galicia. Ni quito ni pongo rey y tampoco ayudo a mi señor, pero chirrían mis endurecidos tímpanos… Al igual que me escuecen los oídos con la diputada del PP Andrea Fabra, puesto que si estoy dispuesto a admitir “lapsus linguae” referido al drama del paro, no puedo silenciar su mala educación como representante de los españoles que la hayan votado.

“¡Qué se jodan!” ya es frase poco feliz dicha coloquialmente, pero en el hemiciclo de la carrera de San Jerónimo suena a barriobajera expresión de delincuentes y gentes de mal vivir. No importa ni siquiera que fuera como contestación a insultos similares procedentes de la bancada socialista. Las formas no pueden perderse nunca jamás . La educación no es una repetición de reglas recibidas. Es una manera de “ser”. Y solamente desde tal perspectiva debemos comportarnos. Sin cobardía, pero al mismo tiempo sin desdoro, con paciente comprensión pero sin soberbia, con espíritu de servicio y entrega a los demás rivalizando por hacer las cosas mejor.