ME VOY P’AL PUEBLO
Al al lado firmante ayer le arrancó la primera sonrisa del día un niño que, acomodado en su sillita, le lanzó un saludo con su diminuta mano en plena calle de la Franja. “¿Le conoces?”, le preguntó su madre mientras devolvía el guiño.
Al al lado firmante le entró, así, a lo tonto, un ataque de nostalgia de su pueblo, en donde todo el mundo saluda a todo el mundo. Vaya por delante que mi pueblo no es mi pueblo. Que el al lado firmante es de ciudad. Pero es una verdad como la catedral de Burgos que uno es de donde pace.
Y para pacer, el pueblo. En el pueblo el pan sabe a pan, no a esa cosa que compras en el supermercado y que deja de ser comestible antes de que la hayas pagado en caja. Los huevos tienen la yema amarilla y el abono huele a mierda, que es a lo que tiene que oler el abono.
En mi pueblo ni se chatea, ni se tuitea. En mi pueblo se charla en la tasca, en la plaza o en el atrio de la iglesia. Mirándose a los ojos y dándose manotazos en la espalda. Que si mira como está el mundo, que si la Maruja se ha puesto tetas, que si hay que ver lo bien que se conserva el Piñeiro...
En mi pueblo no se discute por el nombre de las calles. La cuesta de la Chá es la cuesta de la Chá, y punto. El cartero no se equivoca porque no es el cartero. Es el Eusebio, el hijo de la Galana; sí, mujer... El rubio este fuertote, ¿te das cuenta?
En mi pueblo hay políticos. ¡Qué le vamos a hacer! Pero la última vez que hablé con uno fue con Moncho, el concejal de Obras. Se pasó a interesarse por la niña, que había metido el pie en un agujero de la pista de baloncesto y se había hecho un esguince. “Este viene para que no lo denuncies”, aseguraba el abuelo. En mi pueblo tampoco nos fiamos demasiado de los políticos. Ni siquiera del Moncho.
En mi pueblo no se paga por aparcar. No hay cámaras para vigilar a nadie. Puedes dejar la puerta abierta y las llaves puestas en el coche. Te despierta el gallo y no necesitas que la radio te amargue el día ya antes de que te tires de la cama.
En mi pueblo el verano comienza comiendo sardinas y se acaba arrancando moras de las zarzas. Y en medio hay fiestas. Las fiestas de mi pueblo –de todos los pueblos– son sagradas. En mi pueblo no hace falta pintar en la pared cosas como “festeja”, “diviértete”, “sonríe”, “canta”, “besa” o “abraza”. Pero si a alguien se le ocurriese pintarlas, a nadie le parecería de mal gusto.
Porque en mi pueblo se besa, se abraza, se festeja y se sonríe por naturaleza. Se troulea de toda la vida. Y a quien lo pasa mal se le echa una mano. Estamos jodidos. Lo sabemos y “achantamos”. No necesitamos que nadie nos lo recuerde entre aplausos.
