De los tres monos

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Sobre el asunto del Emérito hay varias posiciones: cerrar los ojos como los niños para que desaparezca lo que no les gusta; seguir con preocupación, y cierta desilusión, lo que nos están contando sobre el personaje –por cierto: con ramificaciones judiciales en otros países o la sobre actuación de las derechas. Y esto es muy curioso pues muchos de ellos son herederos de aquel movimiento fascista –brazo en alto, canciones de campamento contra los Borbones, etc. – que pedían una república socialista con “la tierra para el que la trabaja y una banca pública”, por citar dos casos del ideario falangista de los que tanto se aprovechó Franco.

Es ridículo pensar que el silencio –a veces cómplice de intereses bastardos– va a calmar a una ciudadanía que observa a diario como se desmorona la figura del que fue durante muchos años el monarca de un Estado social y democrático. Estado  donde la soberanía reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado (párrafos del título preliminar de la Constitución) complementado con el artículo 117 donde se insiste que la justicia emana del pueblo y se administra en nombre del Rey,  por jueces y magistrados independientes, inamovibles, responsables y sometidos únicamente al  imperio de la ley (no sometidos al rey) 

Seguramente muchos de nuestros políticos no leyeron la Constitución,  no la entienden o mucho peor, la quieren amoldar a sus intereses. Que el presidente del PP diga en sede parlamentaria que “la justicia emana de la Monarquía” es un disparate y un peligro. Agitar la bandera,  querer poner al Rey  a su lado o la reverencia a los símbolos, es una forma de “pasar” de los problemas reales que aquejan a los ciudadanos.  Son como los monos del santuario japonés pero como táctica: el  PP ha  decidido no ver lo que pasa a su alrededor, callando  con lo que les  está cayendo;  si no escuchan las demandas ciudadanas, ¿para qué sirven?  

Aquí, durante años, muchos de nuestros más afamados conciudadanos cerraron ojos y oídos ante la fusión de las cajas de gallegas que según la Audiencia Nacional fue un ¿timo? que costó a los contribuyentes ocho mil millones y, por otro lado, un magnífico negocio para los compradores. El señor Feijóo, adalid de la operación, no puede ponerse de perfil como siempre  y cerrar los ojos, la boca y los oídos. Sobre todo si el informe en el que basó su decisión costó más de un millón de euros. Quedamos a la espera. 

De los tres monos