BALADAS NOSTÁLGICAS

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Plácido Domingo pide que se imparta la asignatura de música clásica en nuestro plan de estudios; Dustin Hoffman con su película “Cuarteto”, proyectada estos días en las pantallas coruñesas, reclama también la música como polar de razonable y equilibrada terapia. Cualquier composición sobre el pantagrama-popular, bailable, coral folclórica, rap, discotequera, operística, clásica, etc.-sirve para enlazar sentimientos y expresar emociones.
Me sucede estos días que he vuelto a ojear las rimas de Bécquer, edición de Rafael Montesinos. Antes las creía añoranzas de juventud e ilusiones; hoy, tengo la certeza que con mucho representa la cima poética española de los siglos XIX y XX, incluyendo las generaciones del 98, la cacareada del 27 y la de la guerra incivil. No fue hombre a`apolíneo pero si interesante: soñador, romántico, iluso, displicente, desordenado... No obstante fue capaz de romper sus primeros poemas y aferrarse a otra niebla breve y vaporosa. Marcha del brazo con Byron, enlaza con Pushkin y se proyecta con el lied alemán de Heine. ¿Inspiran muchas mujeres a Bécquer? Lo real es que estaba enamorado del amor y apartado de aquella escuela sevillana neoclásica, “la del instante pasado”, según Juan Ramón Jiménez.
Rimas, leyendas, cartas desde la celda. Periodista, informador, corresponsal, gacetillero. Bécquer encarnó el éxito y el fracaso. “Publicad mis versos –pidió a sus amigos al fallecer–. Tengo el presentimiento de que muerto será más y mejor conocido que vivo”. Precedió a los cantautores. Baladas que rielan nostálgicas mientras el eco devuelve una canción country. Viento del norte soplando sobre el amarillento sur. El lied y la sevillana. Los rasgueos de una guitarra cuando despierta el pueblo murmurando “¡qué solos se quedan los muertos!”. Una copla para recitar con la voz aguardentosa de Chavela Vargas y sus preguntas: “¿Vuelve el polvo al polvo? / ¿Vuela al alma al cielo?”.

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