Evaluación de Primaria

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Consideraciones políticas, que no académicas, están detrás de la campaña montada  en torno a la mal llamada reválida de tercero de Primaria que dentro de unos días habrá de tener lugar en los colegios de la comunidad y que ha llevado una cierta e innecesaria intranquilidad a las familias. La campaña está orquestada fundamentalmente por las APA de centros públicos, que controla, como bien se sabe, la izquierda docente.
En realidad, supone una nueva ofensiva contra la Lomce. Salvo por simplificación para titulares periodísticos, no sé por qué se la llama reválida, porque no tiene efecto académico alguno y, por tanto, no revalida nada. Se trata de una prueba de diagnóstico como las muchas que hacen los chicos en los colegios, aunque planteada desde fuera y pensada para ver cómo discurren más que para comprobar cuánto saben.
Aunque lo que abunda no daña, alegan los opositores que no es necesaria. Pero, ¿qué cabe entender por tal? ¿Que no es imprescindible? ¿O que no es conveniente? Evidentemente imprescindible no es. Pero sí que puede resultar útil para varias cosas: como complemento de los exámenes o evaluaciones ordinarias realizadas en los centros; como ayuda en el diagnóstico pronto del alumno; como ocasión para repensar, si procede, el trabajo de profesores y centros, e incluso de cara a las propias Administraciones públicas como  material para evaluar sistemas y políticas educativas.
De todas formas, aparte de las peregrinas argumentaciones de las APA opositoras, ha llamado la atención una encuesta realizada por una revista profesional, según la cual más del 70% de los participantes se manifestaban contrarios a la evaluación por dos consideraciones: porque se corre el riesgo de hacer rankings de centros sin tener el cuenta el contexto y porque los niños son demasiado pequeños para someterse a un examen externo. ¡Enternecedor este último planteamiento! Muy propio, por cierto, de la formación tan en boga de niños blandengues en la que estamos inmersos.
Tal vez alguna parte de la oposición menos política a la prueba resida en la resistencia de los evaluadores a ser de alguna manera evaluados. Posición difícil de entender cuando mundo adelante y en los más diversos ámbitos de la vida soplan vientos de transparencia, de rendición de cuentas y de evaluación de resultados.
No sé por qué el mundo educativo se resiste a entrar en la órbita de tal universal proceso. Se me ocurren dos explicaciones: por prejuicios ideológicos o porque hay algo que ocultar. Las dos no son tranquilizadoras.

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