Palabra, acto y potencia

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Vamos de camino al absoluto cinismo con marcial compostura, y lo hacemos a lomos de palabras enredadera; florecen en invierno y en primavera. Palabras, en eso nos hemos convertido al convertirlas en un producto más, en una fachada ingobernable donde todo cabe por la sencilla razón de que no cabe nada de aquello que alimenta de verdad el alma, qué decir de los estómagos. Porque por más que lo repitamos no son las palabras las que lo hacen, quienes nutren espíritus y cuerpos son los actos, ellos son las bocas que de verdad y en verdad pronuncian las exactas palabras que nos van a socorrer en nuestras miserias por la vía de pronunciarnos en lo miserable de nuestro ser y lo incierto de nuestro destino. De nada vale afirmar la virtud, sino somos esa inexpugnable fortaleza que la defiende, de nada expresar la razón, sino habita en nosotros la firme voluntad de fortalecerla y honrarla.

Somos un rebaño de palabras guiados por los más ruines de entre los leguleyos, los que no se conforman con la rima o la predica por los caminos, los que se sientan insolentes y voraces en los sitiales que habrían de ocupar esos hombres de infinita voluntad que antes de pronunciar el don lo han construido.

Poner una palabra tras otra es una habilidad torpe, las ordena allí donde aún no son, lo hábil es hacerlas y después pronunciarlas como lo que son, la potencia y el acto que nos han de engrandecer amparando estómagos y ensanchando espíritus.

Palabra, acto y potencia