MOVIDA JORNADA ELECTORAL

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Que el Partido Popular estaba llamado a perder muchos votos por una serie de factores se daba por descontado.  Fundamentalmente, porque las elecciones generales y autonómicas de hace cuatro años quisieron hacer cruz y raya del desastre zapaterista  y, en consecuencia, dieron a la derecha mucho más poder del que cabía esperar de una mayoría social de centro izquierda, o de izquierda sin más cual es la española.  
Lo  normal hubiera sido  la vuelta de tales votos prestados a sus tradicionales acomodos. Pero no: han emigrado a los llamados partidos emergentes y de forma muy especial,  a las Mareas y  marcas asociadas a Podemos. Sus éxitos en plazas tan señeras como Madrid y Barcelona han sido espectaculares. Y por lo que aquí respecta su pulso  en A Coruña ha superado todas las previsiones.
 A primera vista, parece adivinarse detrás de todo ello una fuerte movilización del electorado protesta que en elecciones anteriores se quedaba voluntariamente al margen de las urnas y de quienes han querido castigar a los partidos clásicos y su forma de gobernar. La corrupción, con todo, no ha resultado especialmente determinante.
De Ciudadanos habrá que decir que, a pesar de la mucha gratuita campaña que se le ha hecho en los medios,  no ha respondido a las expectativas suscitadas. Ha entrado, sí, en muchas instancias locales y autonómicas. Pero esa su presencia es insignificante en Galicia e incluso en su Cataluña de origen.
La opinión publicada, como se sabe, llevaba  tiempo poniendo el foco sobre la eventual pérdida de votos del  PP. Pero visto lo visto,  no habrá que pasar por alto el batacazo del PSOE,  tercero, por ejemplo, en Madrid, más de quince puntos por debajo del PP y de la marca Podemos. Claro, que como no se consuela quien no quiere, ya ha lanzado la idea de que España vuelve a ser de izquierda.   
Como se esperaba, han desaparecido las mayorías absolutas y con ello  se abre un nuevo panorama político en Concellos y comunidades autónomas definido por su fragmentación, lo que va a dificultar en exceso la estabilidad de los gobiernos respectivos. En liza han entrado partidos sin direcciones nacionales sólidas y que se presentan como garantes de un cambio que no se sabe muy bien a dónde va a llevar.
Con la emisión de su voto, para el elector ha terminado su tiempo de reflexión y decisión. Se abre ahora un tiempo tal para los partidos políticos que van a tener más trabajo que nunca en la negociación de alianzas. Pero la más que probable inestabilidad que surgirá va a aconsejar una reforma urgente de la ley electoral para que gobierne y pueda en verdad gobernar la lista más votada. Sería lo más justo.

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