El joven tunecino

¿Se acuerdan de Mohamed Bouazizi? Era el joven tunecino desempleado que el 17 de diciembre de 2010, hace hoy dos años, se quemó a lo bonzo después de que la policía le decomisara su carrito de frutas y verduras que utilizaba en la venta ambulante para mantener a su familia.

Le llaman el “padre de la revolución tunecina”, porque su inmolación desató la protesta popular que acabó con el régimen dictatorial de aquel país y también provocó una inmensa ola de cambio que desde entonces recorre gran parte del mundo árabe que, con resultado dispar, se rebela contra unas dictaduras caducas que han sembrado esos países de corrupción, de paro, de pobreza, de falta de oportunidades y exigen democracia, libertades, derechos civiles y políticos y oportunidades de trabajo para poder organizar sus vidas.

En el mundo occidental, afortunadamente, disfrutamos de democracia, de derechos y de libertades y, por eso, vimos con complacencia todos estos movimientos de lucha que eran como la vanguardia de un renacer del mundo árabe al modelo democrático que nosotros tenemos. En este sentido, las situaciones no son comparables.

Pero también hay que decir que dos de las causas que provocaron esas revoluciones, la corrupción y el paro, sobre todo el paro de los jóvenes, cohabitan entre nosotros con el sistema democrático que nos hemos dado.

La corrupción salta a la vista. En casi todos los partidos políticos aparecen casos obscenos que revelan malas prácticas en el ejercicio de los cargos públicos. Ahora mismo hay una “recidiva” de este mal con escándalos que aparecen a diario, lo que desmoraliza a los ciudadanos que tienen la impresión de estar ante una causa perdida porque nadie es capaz de atajar las prácticas corruptas que parecen “instaladas” en la sociedad.

Por lo que se refiere al paro, está en máximos históricos en España y en Galicia y el desempleo juvenil alcanza cifras similares a las que padecen los jóvenes de muchos países árabes, que están provocando sus rebeliones masivas. La ventaja nuestra es que aquí, de momento, aguanta el colchón paterno, el núcleo familiar y las posibilidades de la emigración que ofrecen algunos países de nuestro entorno.

Pero, cuidado con la corrupción y el paro, sobre todo el paro juvenil. Cuando una sociedad no es capaz de erradicar la corrupción y acoger en el mercado laboral a la población joven no es descartable que en su seno se estén acumulando las iras de esos jóvenes que pasado mañana pueden derivar en revueltas sociales contra el sistema mismo.

El joven tunecino

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