Los demonios

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Antes era más fácil. Un auto de fe, una plaza amplia con buenas vistas para el público, una hoguera y todo solucionado. Desgreñadas con look okupa que preparaban los filtros de amor o tipos de nariz aguileña, circuncidados y que se manejaban bien con el dinero ardían para regocijo del pueblo. Así de sencillo. Pero por aquel entonces todo era distinto, tanto que hasta España mandaba en Europa; bueno, en Europa y en medio mundo más. Ahora, en cambio, por no mandar, no manda ni siquiera en todo el territorio nacional.
Además, ha habido tantas campañas advirtiendo del peligro de encender fuegos que nadie se expone a provocar un incendio por tratar de purificar un alma. Rouco Varela, que tanto por su profesión como por ser gallego sabe que con las almas no se juega, acaba de demostrar que no quiere riesgos y ha nombrado a ocho exorcistas, que son como los psicoanalistas argentinos, pero con estudios fiables y por eso hablan en latín.
Pero como la potestad del cardenal se circunscribe a la diócesis de Madrid, los ocho echadores de demonios solo pueden trabajar en ese ámbito. Seguro que tienen chollo de sobra, pero no estaría mal que mandaran a alguno a Galicia en comisión de servicios. Si el Derecho Canónico no admite una figura jurídica tan terrenal como el traslado temporal de los funcionarios, habría que convocar un sínodo de la comunidad autónoma y nombrar a unos cuantos exorcistas, posiblemente ocho no fuesen suficientes .
Aquí tampoco les iba a faltar trabajo, porque cada día surgen más endemoniados. Algunos huelen a azufre desde hace muchos años, pero después de un tiempo ocultos en las tinieblas han reaparecido y despliegan una terrorífica magia negra en el Parlamento; otros parecen la reencarnación del ángel caído, se les suponían buenos y son malos como la peste, aunque hay que reconocerle capacidad de autocontrol, porque nunca pierden las formas ni la sonrisa seráfica; los hay también que saben dar la impresión de que son unos dioses de la economía y de la empresa y si les dejan acaban expoliando los cepillos de las iglesias... y así se podría seguir hasta el infinito
No echan espumarajos por la boca, ni se contraen en movimientos convulsos, ni siquiera lanzan gritos desgarradores, pero son más malos que o demo.

Los demonios