Exclusión de lo obvio

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En todos los contenidos políticos de los últimos meses –por no hablar de los que se refieren exclusivamente a la campaña electoral de las Autonómicas gallegas– sobresale la persistente e icónica exclusión de lo más obvio. Seguimos, en la práctica, pendientes de las opciones políticas al uso como alternativa común de la reflexión, a costa todo ello de eludir –de nuevo la exclusión– lo que configura el acto social de los últimos tiempos en este país: el desencanto y, sobre todo, el descredito que generan, sean pequeñas o grandes, las distintas opciones políticas. Parece un camino sin retorno, lejano al de otras democracias que, similares, presentan diferente perfil. Se entiende, o se asume, que la opción política al uso es la que debe determinar nuestro futuro, pero se cuestiona, más que nunca, el hecho de considerar la simple posibilidad de que exista realmente una alternativa que satisfaga, cuando mínimo, a una esencial opción generalista o individual. El ejemplo más palpable se refiere, como ya se dijo, a la campaña electoral gallega. No se discute la simple esencia de la opción política cuando se obvian cuestiones como las mencionadas. En solfa están los contenidos, ceñidos de forma exclusiva a la diatriba sobre lo que se hizo, lo que se puede hacer, o lo que no se hizo, pero no en cualquier caso a estimar si es el conjunto de la clase política de este país lo que falla. No existen planteamientos que contemplen el desencanto y se excluye, como norma esencial del debate, cualquier otro que contemple la discusión sobre si quien nos representa lo hace en nombre de un partido o de una obligación.

No extrañan así ciertos comportamientos, lejanos en suma de los que rigen en otros países, en los que es frecuente que diputados de una misma formación voten en conciencia o de los intereses de determinado territorio de forma contradictoria con lo estipulado por el partido.

Esa función, esa capacidad, esa determinación en suma, sí es algo a lo que aspira el conjunto de la sociedad por el simple hecho de que carece, en lo más elemental, en su más pura esencia, de ella.

Estamos, o están, en buena parte más pendientes de quién ganará que de lo que preocupa verdaderamente al estamento político, que no es otra cosa –pese a la ocultación de que hace gala– que la constatación de que puedan existir alternativas más reales, como, por ejemplo, la abstención.

El desencanto puede ser, en definitiva, un duro golpe para un método –no un sistema, el democrático al fin y al cabo– que utiliza las reglas en función de intereses determinados y que se basa más en las carencias que en las alternativas.

 

Exclusión de lo obvio