El cambio

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Voy a ser sincero  desde el principio. Prefiero que sea así. Llevó muchos años siendo quien no soy  y ha llegado el momento de hacer frente a la realidad. Dudé entre venir a su consulta o ir a ver a un editor. Sé que corro el riesgo de salir de aquí embutido en una camisa de fuerza y derechito hacia el manicomio, pero asumo el riesgo. Además, siempre me tentó la experiencia de hablar tumbado en un diván.  
Yo nací en la Costa da Morte y lógicamente era marino. Pertenecía a la tripulación de un ferry que hacía la travesía entre Barcelona e Ibiza. Una noche tuve un follón en un cabaret del Paralelo por culpa de una andaluza, que resultó que era un andaluz. Ella, o él, porque no sé qué género usar, estaba liada con un tío de bigotes con el que acabé peleándome. Resultó que era comandante de la Guardia Civil. Estaba destinado en el servicio de inteligencia y me amenazó con que alguien me tiraría por la borda en la próxima travesía si no aceptaba ponerme a sus órdenes. Era evidente cuál sería mi decisión ante semejante disyuntiva.
En ese instante cambió mi vida. Me encomendaron una misión sencilla; los resultados se verían a largo plazo, a muy largo plazo, pero la misión era sencilla. Tenía que convertirme en el hombre que provocase el descrédito eterno de los nacionalistas catalanes. Me cambiaron el nombre. Me llamaba Arturo Maseda y me rebautizaron como Artur Mas. Al principio, acostumbrado a la ortografía castellana, hasta acentuaba el apellido cuando firmaba, pero acabé corrigiéndome. Me inventaron un pasado. Me obligaron a buscar una novia de un país que fuese independiente desde hacia poco tiempo: me dieron a elegir entre los de la antigua Yugoslavia y los de la URSS. Me decidí por los Balcanes, porque si algún día tenía que ir a ver a mis suegros, pasaría menos frío.
En seguida me aficioné al fuet y al pan con tomate. Yo soy más de lacón con grelos, pero no quedaba otro remedio. Aprendí de memoria el himno del Barça y me apunté a una escuela de danza para que me enseñasen a bailar la sardana. Me acostumbré a rezarle cada noche a la Moreneta, a poner un caganer en el nacimiento. Ascendí en el partido. Llegué a la cumbre como el noi que sube a la cúspide de un castell. Perdón, por la metáfora, pero son tantos años... El resto de la historia es fácil de imaginar. El resultado ya ve cuál es. En realidad, lo ve usted y lo ve todo el mundo. Pienso que he cumplido el cometido que se me asignó. Ahora quiero volver a ser yo, o sea, Arturo Maseda. ¿Cree que será posible o ya tendré que ser para siempre Artur Mas?

El cambio