Más miedo que vergüenza

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No es casual que los más reticentes a la vacuna sean, en general, los que más conculcan las normas básicas de prevención del contagio, esto es, los que pasan de la mascarilla o la llevan en la nuez, los que son más guarros que la Potitos, los que fuman o esputan por la calle, los que, en fin, son potenciales bombas víricas andantes. No es casual, sino que se trata del típico fenómeno psicológico de proyección: si yo soy chungo -les dice el subconsciente-, la vacuna también.

Todo es chungo para los negacionistas y los antivacunas, y bien que procuran que lo sea, porque incluso cuando en la espesa niebla que asfixia a la humanidad desde hace un año se ha colado un rayo de luz, de esperanza, ellos procuran, con sus sandeces, cegarlo.

En realidad, lo que le pasa a esa gente es que tiene más miedo que vergüenza, miedo a reconocer la verdad de la pandemia, a asimilarla por falta de espacio y de fortaleza en sus entendederas pueriles, miedo a la realidad empinada e incómoda, miedo de sí mismos, y vergüenza, ninguna.

Si aún hay, como se desprende de una reciente encuesta, un tercio de españoles que declaran que no se pondrán la vacuna, no es, como absurdamente dice Martínez Almeida, por culpa del Gobierno, sino por miedo, un miedo insuperable a todo, particularmente a enterarse de algo. Hace unas semanas, cuando los inyectables de Pfizer no se habían puesto aún en movimiento, no era un tercio, sino más de la mitad el número de los acojonadillos, pero como han ido viendo que los demás no la palman, que los cientos de miles de personas que ya han recibido la primera dosis de la vacuna siguen tan ternes, una porción considerable de refractarios ha cambiado de parecer y se ha puesto a la cola. Más miedo que vergüenza.

No todos los medrosos ante la única solución a la pandemia que existe son antivacunas, ni muchísimo menos, pero sí caló en ellos el siniestro mensaje negacionista, ese cursa en algaradas callejeras al grito profanador de ¡libertad! ¿Libertad para qué? ¿Para matar o lastimar al prójimo? Siendo espinoso y complejo el debate entre la voluntariedad y la obligatoriedad de la vacuna, si a causa de esa chusma no remite en un tiempo prudencial la pandemia, habrá que plantearse, sin duda, la necesidad de lo segundo. Tal sería la estación indeseada a que nos conduciría la poca vergüenza.

Más miedo que vergüenza