Cuento de Navidad

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Emergió desasistido del desatendido vientre de la ciudad atendida. Se sentó en el vértice de fuga que trazan las callejuelas al topar con las avenidas. Lo hizo en el sencillo gesto de abrir el plegable que arrastra junto a una mesa de similar naturaleza que extiende delante, sobre ella tres vasos de plástico y bajo ellos una bola de roña, pan duro, del duro quehacer de los lebreles. 

Se congregan a su alrededor los curiosos, no es ni mendicante, ni artista... Qué vende, se preguntan los guiris.

Alza la voz, cascada de cante y costo, e invita: “Cien doy a quien se juegue cincuenta y atine”. Habla sin dejar de arrastrar los vasos bajo los que va y viene el torpe migajón en el tardo afán de confundir a los presentes. 

Se le acercan los de su grey, apuestan y ganan, se da codazos, celebran socarrones la inocencia del julay y su poca maña.

Ganarle se antoja, por sencillo, insultante, no hacerlo, un insulto. 

Pronto, de entre los que no atienden a ajenas fatigas, se oye una apuesta, fuerte, definitiva, y se le ve ganar y doblar, y perder y triplicar, y volver a hacerlo, y ya perdido, blasfemar lamentándose, y a él, hablar sereno de golpes de suerte y caprichos de la fortuna, y al perdedor de estafa. Se enzarzan en una discusión que zanja la llegada de la policía.

 Hombre y atrezo se pierden en el dédalo de calles que esconde la esquina, y en mitad de la avenida queda el ofendido clamando justicia para su justo infortunio.

Cuento de Navidad