Gordos por la cuenta corriente

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Mientras esperamos a ver si un pacto nos saca de la situación ingobernable en la que nos encontramos, no porque los españoles seamos como los irreductibles galos sino porque los que se ponen imposibles son los políticos, habrá que seguir viviendo como si ya tuviéramos presidente y supiéramos a quién echar la culpa de que todo salga mal. Se trata de tener paciencia, cuidarse un poco y buenos alimentos. 
Las dos primeras resultan relativamente fáciles de entrenar pero la tercera es un poco más complicada. Enero es el mes de los buenos propósitos y hacer dieta suele ser uno de los que se repiten casi en cualquier lista. España es el país de la Unión Europea en donde más crece la tasa de obesidad: en los últimos 15 años, este porcentaje se ha incrementado un 9%. La OMS ya ha alertado de la “epidemia” de obesidad que se espera en el viejo continente para 2030. En solo 14 años, dos de cada tres europeos tendrán sobrepeso. 
Comemos tarde y mal y el poco ejercicio que hacemos es para pasar del coche al sofá y del sofá a la cama. La solución es sencilla y todos prometemos adoptarla fervientemente como neófitos cada 2 de enero –el 1 solo sirve para dormir y ver saltos de esquí y valses–: comer sano y hacer deporte. Lo segundo depende de la abulia, la pereza y la molicie de cada uno pero en lo primero lo cierto es que tenemos poca ayuda. ¿Nunca se han preguntado por qué en un restaurante –sin estrellas, de los baratitos– las ensaladas siempre valen más que una tortilla de patatas? Podríamos pensar que los productos frescos son más caros pero lo cierto es que el IVA es del 4% para frutas y hortalizas frescas y del 10% para la carne. O podría ser el esfuerzo, porque seguro que es más difícil preparar una ensalada que una tortilla de patatas. Si lo analizamos fríamente, debería ser más barato un menú que lleva lechuga, tomate, zanahoria, cebolla, un huevo cocido y un poco de atún que un plato combinado de filete con patatas. 
Seguramente la explicación sea tan sencilla como que el segundo tiene más salida que el primero pero también es verdad que el quiere –o no tiene más remedio– comer fuera de casa sin subir de peso debe rascarse el bolsillo. Las opciones hiperbaratas, de menos de seis euros, son también las hipercalóricas.  
En los tiempos de nuestros abuelos, los gordos eran los que tenían dinero pero, hoy en día, las tornas han cambiado y estar delgado es lo que cuesta más. Desde que, al menos en el primer mundo, ya nadie se muere de hambre, lo que cuenta es la calidad de esa comida. Una investigación del British Medical Journal refleja que quienes compran alimentos sanos gastan, como mínimo, 550 dólares más al año en alimentación. 
Los problemas médicos vinculados a la obesidad se han disparado en los últimos años pero los bares siguen tentándonos con callos o patatas fritas. No se trata de demonizar las tapas, sino de facilitar y fomentar desde las instituciones una cultura de la comida sana, para que la elección barata no sea obligatoriamente la menos sana. O eso o los gordos serán los que tengan la cuenta corriente más flaca. 

Gordos por la cuenta corriente