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Sostiene D. Dimas Camándula –seudónimo de Felipe Monlau– en “El arte de robar o manual para no ser robado” que hay en la cabeza de todos los hombres “un órgano del hurto al que se debe tal vez el que todos seamos ladrones” y describe con profusión los “ardides para robar” relatando muchos casos de robos curiosos y originales para ilustrar y prevenir al lector para que no sea robado.

Resulta ilustrativa la clasificación que hace de los amigos del bien ajeno: “Hay ladrones normales y ladrones escepcionales (sic). A la primera categoría pertenecemos todos los hombres de bien..., nosotros somos ladrones decentes, hurtamos sin dar escándalo, por egoísmo, por represalia, sin querer causar la ruina de nadie, sin apelar a las malas artes y esto es muy tolerable y, si me apuran, hasta necesario”. Por contra, “los ladrones escepcionales roban con escándalo, con la conciencia de que van a arruinar a un prójimo valiéndose de la astucia, de la fuerza...”.

Rescato este libro –facsímil de la edición de 1844– de una estantería a raíz del secuestro del Códice Calixtino y, a cierta distancia de los acontecimientos y sin entrar en detalles, la rocambolesca historia contada hasta ahora encaja en la descripción de D. Dimas Camándula porque el extrabajador de la catedral es un “ladrón normal”, que se mueve por una mezcla de instinto, egoísmo y de codicia; de resentimiento y represalia hacia sus superiores, pero sin escándalo, ni causar ruina a nadie.

Y se mueve a sus anchas, después de haberse ganado la confianza de sus jefes. De lo demás se ocupó él solo: conocía todas las estancias del templo santiagués y tenía en su poder las llaves que dan paso a las salas reservadas. Por eso pudo llegar, sin levantar ninguna sospecha, a las entrañas de la catedral, arrebatar el Códice y acceder a la caja fuerte durante años para llevarse una considerable suma de dinero. Un trabajo limpio, de “ladrón normal” que no emplea malas artes.

No sé si la lectura del opúsculo de D. Dimas Camándula hubiera ayudado a los encargados de la seguridad del templo compostelano a evitar el secuestro del Códice y la sustracción de la suculenta cantidad de dinero. Pero su lectura es muy recomendable como un “Vademecum para no ser robado”, dice el autor, que aconseja “no salir a la calle sin un ejemplar de este precioso ‘Arte de robar’, que bien merece ser calificado de Tesoro de la humanidad”. Naturalmente, a distancia infinita del Códice Calixtino.