Ecuador se planta ante el cochino de Assange

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Julian Assange, el informático más conocido del mundo, pero al que ningún empresario confiaría la seguridad de la red de su compañía, es un pesado profesional. Siempre tuvo un aspecto enfermizo, como si un virus hubiese saltado de un ordenador de WikiLeaks a su organismo y quizá haya sucedido, pero ahora, después de casi seis años recluido en la embajada de Ecuador en Londres, sin exponerse a la luz del sol, parece un zombi. Pero además es un guarro. Un amigo suyo ha desvelado su aversión al aseo: no se ducha, es capaz de pasarse días y días sin cambiarse de ropa, lo come todo con la mano y se limpia en los pantalones –“nunca he visto unos pantalones tan grasientos”–. Y no debe haber mentido su colega, porque Ecuador le ha impuesto la obligación de limpiar y cuidar su gato para seguir en la legación diplomática. Si el Gobierno ecuatoriano lo pusiese en la calle se ahorraría tanto dinero en ambientador y en productos de limpieza que a lo mejor hasta equilibraba el déficit del Estado.

Ecuador se planta ante el cochino de Assange