¿Qué queda del debate?

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Los pocos ciudadanos que siguieron el debate de política general o del estado de la autonomía seguro que tuvieron la tentación de salir a la calle para comprobar si lo que habían escuchado era la descripción de la Galicia real o correspondía a una Galicia imaginada por los parlamentarios. 
Es legítimo que el Gobierno valore y se sienta orgulloso de su gestión. Pero cualquier ciudadano inteligente –y los gallegos tenemos esa condición– sabe que Galicia tiene severos problemas en todos sus sectores productivos y padece las graves secuelas de la crisis: cifras de paro muy altas, precariedad laboral inquietante, deficiencias en los servicios básicos consecuencia de los recortes, desigualdad creciente, envejece la población, emigran los jóvenes… En su discurso el presidente reconoció algunas carencias, pero, para mayor gloria del su gobierno, edulcoró otros problemas que no se solucionan solo con medidas puntuales o dotaciones presupuestarias, sino que requieren reformas estructurales de mayor alcance.  
También está en su papel la oposición fiscalizando la labor del ejecutivo y exigiéndole responsabilidades. Pero la descripción de los portavoces tampoco se corresponde con la Galicia real. Galicia no está secuestrada ni expoliada, las aldeas y calles de las ciudades no están llenas de mendigos, los enfermos son atendidos en los hospitales, los niños no van a la escuela con babero y la enciclopedia Álvarez, los labradores ya no utilizan el arado romano, las vías de comunicación dejaron de ser las viejas corredoiras, nadie persigue la cultura y la gente se expresa con normalidad en su lengua… Además, la oposición se equivoca si se limita a desgastar al Gobierno y a su presidente y no se ofrece como alternativa que mejore lo que hay. 
Por tanto, se puede concluir que fue un debate ritual en la forma, una reproducción a escala de debates de años anteriores con cifras y datos estadísticos actualizados, tan cuajado de satisfacciones del equipo gobernante como de reproches apocalípticos de la oposición, un modelo caduco y poco productivo de sesión parlamentaria que no cautiva a la gente.   
En el fondo, sobresale el giro social impulsado por el presidente –increíblemente rechazado por la oposición– y las 50 medidas aprobadas, tan generalistas y ambiguas que poco mejorarán las condiciones de la vida diaria de las personas. Esto, y la incógnita del futuro político del presidente, es lo que queda del debate. 

¿Qué queda del debate?