OÍR LA VOZ DEL PUEBLO, PERO NO A GRITOS

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Ahora que abundan tanto las protestas y movilizaciones, cualquier ciudadano puede practicar un juego inocuo, pero, al mismo tiempo, muy revelador y económico. La prueba consiste en coger las fotografías de varias manifestaciones y buscar, como si de Wally se tratara, los rostros que, de modo reiterado, aparecen junto a las pancartas.

Da igual que se trate de una marcha contra el ministro Wert, que el motivo de la queja sean los recortes sanitarios, el bajo precio de la leche o el despido de un trabajador en alguna SL, siempre, absolutamente siempre, hay un grupo abonado a la movilización. Lo habitual es que se trate de liberados sindicales y se puede suponer que más allá de la simpatía que les pueda provocar la causa por la que salen a la calle armados de megáfono, pancartas y eslóganes de rima fácil, su presencia les va en el sueldo, como antaño, cuando el valor se le suponía a todo aquel que pasaba por la mili.

Son una especie de “protestadores” profesionales y, con la gran cantidad de movilizaciones que se producen a diario, sus agendas están más apretadas que las de muchos ministros. Esta propensión a la manifestación y el grito se está colando en todos y cada uno de los rincones de la sociedad, tanto que lugares que antaño eran poco menos que sagrados, son violentados día sí día no por las más variadas cuestiones.

En democracia hay dogmas insalvables. Rayas rojas que no se deben cruzar, ya que, cuando se saltan, nunca se sabe dónde se producirá la caída. Uno de esos reductos son los salones de plenos. Ya sean municipales, nacionales, autonómicos o provinciales. La norma dice que el trabajo de sus señorías no se puede coaccionar y, por lo tanto, cualquier manifestación en esos foros es rápidamente aplacada.

Esto era hasta ahora así. De un tiempo a esta parte, determinados partidos, sobre todo los que no gobiernan, han comprobado que posturas políticamente incorrectas les reportan simpatías inmediatas de los grupos movilizados y, suponen ellos, esas simpatías, en su día, se convertirán en votos.

Así, con tal de abonar sus caladeros de papeletas, son capaces de saltarse cualquier norma, por mucho que en esa norma se asiente la base misma de la democracia. Eso sí, cuando en una manifestación son requeridos por algún agente del orden enseguida echan mano de su credencial de aforado, que cuando beneficia los derechos que otorga el cargo, son irrenunciables.

El Parlamento, como cualquier otro salón de plenos, no es una tasca ni una calle ni una plaza. Y las formas son muy importantes. Hablar de cárceles franquistas cuando no se pasó por ellas gracias a los amigos de la familia es un ejercicio de demagogia que se debería de evitar. Es cierto que en el Parlamento se tiene que oír la voz del pueblo, pero pronunciada por los diputados que fueron elegidos por ese pueblo con sus votos y, por supuesto, no a gritos.

OÍR LA VOZ DEL PUEBLO, PERO NO A GRITOS