EL DORADO AGUJERO DE HAWKING

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El mar arrastró el esqueje, la tierra la amparó, el rocío la amamantó y la laboriosa mano lo guio. De esa conjunción floreció el dionisíaco albariño, néctar que a los dioses torna trasparentes y a los hombres traslúcidos.
El misterio así explicado no guarda secreto nadie ignora que la conjunción de dioses, hombres, ríos y rías son capaces de amansar el mar, moldear la tierra y hacer danzar la vida al son de esa divina esencia. Pero al roto de lo esotérico, al remiendo del dogma y a la bondad de lo quimérico se contrapone la epistemología científica. Más lógica siempre, que lo mágico o teocrático. Sin embargo, gusta más lo que mejor se entiende y qué mejor entender que beber y extraviarse en la divina poética de tan amable pócima y escribir en delicado verso sobre el reverso y el anverso de ese sublime alma.
Pero esta suerte de teología civil se vio amenazada cuando descubrí en la cambadesa cuna del albariño, al hombre que más ha hecho por la teología científica, míster S. W. Hawking, capaz de sustituir a dios por un agujero negro. Deidad esta sin forma y sin fondo a la que los mortales de leve coeficiente intelectual llamamos “cajón de sastre”. Una teoría en negro sobre el dorado universo del vino. Esa, temí, iba a ser la fatalidad que presagié. Pero no fue la fuerza de la ciencia quien lo atrajo, sino el mágico pellizco de un vino capaz de teñir de verde oro los negros agujeros del universo y los grises abismos del alma.

EL DORADO AGUJERO DE HAWKING