LAS MALAS ARTES DE LA PRECAMPAÑA

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Las campañas electorales en España duran quince días. Eso es lo que dice la ley, que establece, incluso, cortapisas para que los gobiernos no caigan en la tentación de utilizar sus recursos con fines partidarios. Así, hasta el momento, la Junta Electoral ha decidido que la Xunta ha incurrido en seis ocasiones en electoralismo y, entre otras medidas, por ejemplo, ha ordenado retirar de la web del Ejecutivo autonómico las imágenes de la firma de los floteles entre Pemex, de un lado, y Barreras y Navantia, del otro.

Así pues, sus señorías han decidido que por mucho que fuera Feijóo el muñidor de esos contratos, no puede darse el gusto de acudir al momento histórico de la rúbrica de un acuerdo que, de entrada, salva buena parte del naval gallego. Eso se considera electoralismo, no acción de gobierno, y de nada sirve la cantidad de veces que desde la oposición se acusó al presidente de no hacer lo más mínimo por el empleo en Galicia. Justo cuando las gestiones se plasman negro sobre blanco y se garantiza un importante recorte a las listas del Inem, dada la proximidad de las elecciones, Feijóo tiene que renunciar a celebrarlo.

Supongo que no le hará mucha gracia que mientras él padece esas cortapisas, propias del cargo que ocupa, quienes aspiran a su puesto, sí puedan acudir a cuanta manifestación se celebre, a mediar en cuanto conflicto surja (incluso en los que ellos mismos crean), sin que la Junta Electoral tenga nada que decir al respecto.

Porque, al final, es evidente que el problema radica en que desde que Feijóo decidió que los comicios se celebrarían el próximo día 21, desde el instante en el que hizo el anuncio, todo se ha convertido en electoral. Desde el candidato de turno que visita un mercado hasta el encierro simbólico que algún grupo organiza en contra de cualquier asunto; las excusas pueden ser muchas.

Y ahí están esas asociaciones satélite, esos presidentes de agrupaciones vecinales, esos colectivos de afectados, de seguidores, de sufridores o de amantes de lo que sea.

Cualquier excusa es buena para poner a parir al de enfrente. Por haber, hasta hay sindicatos que convocan una manifestación contra el desprecio que los Presupuestos Generales del Estado suponen para Galicia dos horas antes de que Montoro los dé a conocer.

Así, el retraso en una comparecencia deja con el culo al aire a quien organiza una protesta no por una causa en concreto, sino como un instrumento de desgaste del adversario político.

Solo así se entiende cómo desde la oposición se dinamita el acuerdo obtenido con Pemex o se pone en duda que se conseguirá el mantenimiento de las factorías de Alcoa en Galicia. Alguien tendría que explicar a los aspirantes a gobernantes que la mezquindad es un mal camino. Casi tan malo como la mentira y el engaño.

LAS MALAS ARTES DE LA PRECAMPAÑA