Recortes y reformas
Casi nadie daba un duro por que Rajoy lograra sacar adelante en el Consejo Europeo de hace unos días alguna de las propuestas que a modo de SOS llevaba en el bolsillo. No sólo hasta el momento no habían salido adelante sus dos principales pretensiones en relación con el salvamento de la banca y la crisis de la deuda, sino que incluso habían sido rechazadas horas antes por altas instancias comunitarias.
Como se sabe, el Gobierno pretendía dos cosas. Por un lado, que el dinero de los apoyos europeos llegara directamente a los bancos con problemas para no contaminar así a la deuda soberana. Por otro, que las aportaciones de fondos (hasta el límite ya conocido de los 100.000 millones) no tuvieran carácter preferente a la hora del cobro en relación con el resto de la deuda española, ya que si ello fuese así, la calificación de la deuda del Estado podría sufrir un deterioro adicional en sus valoraciones.
Pues bien, parece que Rajoy –y con él, España como país– ha salido airoso y logrado sacar adelante sus propósitos. Habrá que esperar a lo que se llama la letra pequeña de los acuerdos, porque estamos escarmentados de que a la hora de la verdad ésta termina por desmentir o desvirtuar los grandes titulares de los primeros anuncios.
Y habrá que esperar porque, como han advertido la canciller Merkel y el presidente del Banco Central Europeo, no hay prestación sin contraprestación. Habrá que ver, pues, en qué consisten éstas, cómo se materializan y en cuánto tiempo se han de llevar a término. Y habrá que ver también cómo en la semana entrante reaccionan los mercados, que para bien o para mal suelen ir por delante y tener descontada la realidad de las cosas.
No sé si, como aseguró Almunia, las recomendaciones de Bruselas son o no obligaciones inexcusables. Pero en todo caso, los acuerdos del Consejo Europeo parecen haber aliviado el agobio sobre la zona euro y la crisis de la deuda.
Sea como fuere, lo normal es que el Gobierno tome un cierto oxígeno para continuar con su agenda de reformas que últimamente tenía un tanto abandonada. Tal vez la crisis de la deuda –“tema capital” para Rajoy– y el diseño de la nueva arquitectura europea han tenido parada a la Administración ordinaria, aunque no había por qué.
Tal vez por exigencias de orden legal y político nuevas actuaciones están siendo sometidas a consulta y consenso con partidos y grupos parlamentarios, como sucede con la vital reforma de la Administración pública. Y ya se sabe que estos procesos suelen resultar largos y fatigosos.
La reforma educativa presentada al Gobierno y desgranada en sus grandes líneas por el ministro Wert ha roto el parón reformista. Porque el Ejecutivo venía pareciendo más presto al recorte que a los cambios. Y si siempre se dijo que Zapatero no hizo casi nada para superar la crisis, no pocos se estaban preguntando ya si Rajoy estaría haciendo lo suficiente y al ritmo requerido.
