El ser y el son

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¿Qué son esos hombres y mujeres que huyen de sus naciones dejando atrás sus señas “identitarias?” ¿Qué son para nosotros, atentos ombligos de esa suerte de alfarería “psicoticonaciopatriotica”?
Observándolos desatentos de las que son hoy virtudes cardinales de nuestro ser cultural, político, social y emotivo se nos antojan poca cosa. Sin embargo, representan la humanidad en la medida en que esta se hace carne y alma en cada uno de ellos. Eso son una vez que se aventuran en busca de un lugar donde ser humanamente posibles. Un lugar en el que su condición valga cuando menos el elemental respeto del que aquí disfrutamos.  
Humanidad que grita al hombre pleno en la desnudez a que le somete verse desposeído de sus atributos culturales y sociales. Al hombre que lo es porque así lo dicta su condición y así se puede constatar en el solo hecho de mirarlo, abrazarlo y sentirlo en el alma de la piel. Un hombre sin papeles y sin identidad vive a expensas de su humana singularidad.
Podemos, por tanto, afirmar que la humanidad naufraga y fenece en Lampedusa o en el Estrecho y nosotros nos limitamos a poner el grito en el cielo y a golpear el pecho. Por la sencilla razón de que no somos hombres ni humanidad sino un puñado de criaturas deshumanizadas, sumidas en la dialéctica de las identidades, de las culturas, de las naciones y cualquier otra suerte de malicia que nos permita cerrar la puerta al hombre, qué decir de la humanidad.

El ser y el son