Cuando falta sentido común

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Este es el nudo gordiano del problema que tenemos. Creo que todo el mundo conocemos y sabemos los peligros y las consecuencias de la pandemia que padecemos y esto explica el fantástico comportamiento de la inmensa mayoría que los ciudadanos estamos teniendo y es verdad, también, que unos cuantos asilvestrados nos ponen en riesgo a todos por sus incívicas conductas. Me indigna que ese puñado de bosquimanos roben el protagonismo mediático a los auténticos protagonistas de esta desgracia, pero la búsqueda de audiencias equivoca a los medios y eleva a categoría de globales comportamientos que son excepciones. Cuando a personas adultas y maduras se les hace entender la gravedad de la cuestión, se aceptan medidas excepcionales y se asumen instrucciones con disciplina. El gobierno, como todos los gobiernos, quiere que se acabe esta pandemia, pero no hace las cosas bien y esto lleva al cabreo generalizado que ya anunciamos en esta misma columna hace unos días. 

Entendemos lo que significa distancia social pero no entendemos que en un avión puedan viajar personas a menos de diez centímetros y tampoco entendemos que pudiendo viajar en ese avión de esta manera, se prohíba la instalación de terrazas que, ocupando mayor espacio público, garanticen esa distancia social. Tampoco entendemos que el uso de mascarillas no sea obligatorio en cualquier espacio público ni que ministros del gobierno se salten el confinamiento sin consecuencia alguna mientras se persigue a ciudadanos por la misma gesta insolidaria. 

En el ranking de cosas absurdas que no entendemos podríamos poner en primer lugar el permiso para pasear por franjas horarias mientras que para ir a una terraza a tomar una caña no exista limitación. Son cosas muy difíciles de entender como lo es también que no se permita la asistencia a academias que pueden mantener distancias con mayores garantías que las que ofrecen los aviones que antes comentábamos. Al final, llegamos a la conclusión de que lo que falta aquí es sentido común y a partir de ahí todo se complica exponencialmente.  

No ayuda el hecho de que el comité científico del que presume el gobierno sea anónimo y se oculte la identidad de sus miembros, cualquiera que haya hecho una tesis doctoral sabe que el aval de un profesional de prestigio avale el trabajo da muchas garantías sobre el contenido de la propuesta realizada y, por eso, no solo no se oculta la identidad del avalista si no que se presume de ella. Ya en la desescalada no se entiende que no se hagan públicos los criterios que facilitan el avance de una fase a otra, quedando, aparentemente, a la discrecionalidad de alguien una decisión que afecta a millones de personas y menos cuando se entran en contradicciones palmarias que nos sumen a todos en el desconcierto. 

No se puede autorizar a los niños a ir al supermercado o a la farmacia y a las dos horas cambiar el criterio para autorizar acciones distintas y tampoco sé si es un acierto que el portavoz del gobierno en esta crisis, sea el mismo que la negó en un principio cuando dijo que “en España habría como mucho tres o cuatro casos de coronavirus”. Si el gobierno actúa con vacilaciones y contradicciones notables la ciudadanía lo percibe y se confunde, pero lo verdaderamente grave es que pierde la confianza en quienes nos tienen que ayudar a salir de todo esto y cada persona se rige por su libre albedrío produciendo situaciones de perplejidad en el cuerpo social. Es urgente recuperar el sentido común para ponernos en la situación real que vivimos que no es, ni de lejos ese invento publicitario de la “nueva normalidad”, un absurdo que supone una contradicción en si mismo, si es nueva no es normal y si es normal, no es nueva.

Cuando falta sentido común