Eutanasia e hipocresía

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La nueva ley de eutanasia, que ha sido aprobada en comisión en el Congreso de los Diputados y entrará en vigor probablemente en primavera, no obliga a nadie a provocarse la muerte, ni a los médicos, cuyas convicciones morales se lo impidan, a ayudar a un paciente a suicidarse.

En España más de veintitrés mil seiscientos ancianos han muerto en residencias de mayores en la más completa soledad y, en algunas Comunidades como es el caso de Madrid, sin posibilidad a ser atendidos en un hospital público, simplemente por el hecho de ser viejos o dependientes. Y, sin embargo, grupos ultraconservadores adornan las calles con pancartas de gigantescas calaveras, no en recuerdo de quienes no recibieron la atención que merecían, si no en contra de la eutanasia. ¿Serán conscientes de que esos ancianos no tuvieron, ni siquiera, el derecho a decidir cómo y cuándo querían morir?

La ley española va a ser una de las más garantistas y restrictivas de Europa. Y no es cierto, como se ha dicho en algunos medios, que abra la puerta a aplicarse en las residencias. Una enmienda añade el domicilio como un posible centro, fuera de los sanitarios, donde aplicar el derecho a morir, pero se excluyen, precisamente, los centros de mayores por él impacto que tendría en el resto de ancianos.

Los menores de edad, ni siquiera a partir de los dieciséis años, que sí deciden sobre otras opciones que afectan a su salud, no podrán solicitar ayuda para morir. Solo podrán hacerlo aquellos que sufran una enfermedad grave e incurable o invalidante y será con certificación de un médico. Quien, aún así, decida que quiere morir, debe exponer que conoce la posibilidad de acceso a cuidados paliativos. Por si el exhaustivo control médico no fuera suficiente, la petición deberá pasar por una Comisión de Evaluación y Seguimiento que decidirá si procede y se lo comunicará al médico.

Por lo tanto, dejémonos de hipocresías y de rasgarnos las vestiduras en defensa de la vida cuando que el verdadero riesgo es el abandono y el terrible padecer de aquellos a los que el sufrimiento condena a una vida insoportable. Una sociedad que, con una velocidad pasmosa, se ha acostumbrado a oír unas cifras insoportables de muertos diarios por el Covid-19, ¿cómo es posible que no acepte el derecho de cada cual a poner fin a un padecer sin remedio?

Fueron los familiares de tres personas, que no consiguieron ver respetado su derecho a morir sin sufrimientos, los que presentaron en el Congreso más de un millón de firmas pidiendo la regulación de la eutanasia o el suicidio asistido. Y la sociedad española, en numerosas encuestas, se muestra partidaria de que exista esta legislación. ¿Qué es entonces lo que asusta a algunos? ¿Alguien puede creerse que el derecho individual a decidir, cuando su vida se vuelve insoportable, sea equiparable a la cifra de muertos por la tragedia de esta pandemia que nos asola?

Hemos visto, sin gran escándalo, cómo una generación se nos iba delante de los ojos, pero la eutanasia nos perturba... 

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