EL TAMBOR SILENCIADO

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Hace ya tiempo oí a un hombre decir que, dada su edad, había llegado el momento de dar opiniones y evitar los consejos. Lo primero se toma como lo que es: la capacidad de decir lo que uno piensa. Lo segundo no deja de ser un mero concepto, tan distante como lo es la realidad de la verdad, sujeta esta última a múltiples interpretaciones, lo que no admite la primera. Días pasados, el Nobel de Literatura Günter Grass se pronunciaba, a través del poema “Lo que tengo que decir”, sobre el conflicto latente entre Israel y los países árabes, en este caso concreto sobre Irán. ¿Por qué menciona al segundo y no nombra al primero? Grass hace uso de su palabra, al límite de la vida y de la “tinta”, para decir, simple y llanamente, lo que piensa, lo que opina. Es la circunspecta lectura que se aleja de la banalidad con la que abordamos determinados temas lo que excluye al hombre de esa realidad. Lo cierto es que hay cosas que solo la edad procura y la grandeza o la enormidad están tan próximas a lo falso como lo está el nacimiento de la muerte. Los versos de Grass son los del pleno conocimiento; tal vez por eso, o por la ausencia del mismo, quien habla lo hace sabiendo, tras advertirlo y decirlo, que él mismo formó parte del horror del nacismo al incorporarse a las SS en los estertores hitlerianos. Qué hace que alguien, a pesar de saberse partícipe de tal realidad, lo haga público, tiene el mismo alcance que dar su sencilla opinión sobre una de las circunstancias más empecinadamente ocultas de Occidente, que no es si no el silencio con el que, en este caso por culpa, se omite. No es el vacío lo que busca Grass, sino la polémica, aun a pesar de saber que “lo que tiene que decir” provoca el resquemor que ha llevado a Israel a declararlo persona no grata. La verdad invita a las múltiples lecturas, a los perfiles y aristas que aportan los distintos protagonistas de la Historia; pero la realidad no permite disfunciones, no acoge el cinismo. Si acaso la postergación. Grass opina con la autoridad que le permite, y le garantiza, el hecho de saberse partícipe del horror para denunciar una política que tiene como foco al “fanfarrón” iraní sabiendo que lo que este niega –la realidad del holocausto– es un elemento más de la interpretación de su juego. Grass no admite suspicacias. Sí lo hacen quienes convierten en sayo un vestido que su trayectoria vital le permite conocer de primera mano. La laxitud con la que se aborda en Occidente (cita a Alemania como copartícipe por la construcción para Israel de un submarino con capacidad de lanzamiento de misiles nucleares), la cuestión de Israel despierta conciencias desde hace muchos años en esta parte del mundo que es Europa, algo que solo el sentimiento de culpa y expiación impide asumir, al menos para los alemanes. Los muros que, por ejemplo, separan a palestinos de israelíes son los mismos, si acaso más grandes, que aquellos otros del gueto de Varsovia. Grass solo trata de abrir una grieta, aun a costa del ostracismo al que algunos pretenden condenarlo.

EL TAMBOR SILENCIADO