TEATRILLO DE HIPÓCRITAS

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En medio de las alabanzas, llantos, reflexiones y exageraciones, alrededor de la figura de Nelson Mandela, se colaron intervenciones vergonzosas.
Así tenemos a nuestro presidente alabando al hombre que derrotó al racismo y de quien muchos (y otros pueden comprobarlo aún en internet) recordamos sus artículos en un periódico vigués defendiendo la superioridad de la  raza blanca.
Y aún estamos en carne viva por las declaraciones del ministro de los palos, el piadoso Fernández, que defiende la colocación de cuchillas en la frontera con Marruecos, pues son disuasorias y no hacen daño. La mejor respuesta se la dio Juan José Millás: “Ssi al ministro, católico practicante, le hubieran preguntado en su día por la corona de espina de Cristo, habría dicho que se trataba de un elemento de disuasión pasiva para que las ideas de Jesús no atravesaran el cráneo y que apenas producían rasguños superficiales”.
Esos que hoy dibujan elogios y alabanzas, en realidad siguen creyendo que hay que poner fronteras (con púas o con lo que sea) para que no entren negros, pobres, desheredados que puedan importunar el discurrir de los elegidos, pues son testigos incómodos en una sociedad egoísta.
Y por eso levantan muros y crean leyes para evitar la voz de la calle, la de los que protestan. Por su tranquilidad y seguridad.
Por eso dibujan, a su imagen y semejanza, la inspección de hacienda que protege a infantas, banqueros –la última es mantener en secreto la identidad de los banqueros multados para evitar un daño desproporcionado a quienes violen la ley– y otros grupos de poder. Hipócritas que alaban a Mandela (revolucionario armado, estadista y gobernante), pero no quieren sacar de las cunetas a otros ciudadanos, que apoyaron a un gobierno legítimo, dando su vida por ello. Ahí está el PP que, por boca –bocazas– de un tal Hernando ofende a víctimas y familiares y acaba de ser reprendido –él, su partido y el Gobierno– por la ONU que les pide cumplir con su deber.
Nelson Mandela, veintitantos  años de cárcel, recibió un cálido y merecido homenaje al que se colaron muchos hipócritas en un teatro de excesos, grosero, que ofende tanto al muerto como a los vivos. Para todos dejó escrito que a los gobernantes hay que juzgarlos no por cómo tratan a sus ciudadanos más distinguidos sino cómo trata a los más humildes.
¿Os enteráis, hipócritas

TEATRILLO DE HIPÓCRITAS