El turrón paga nuestra frustración

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Vale que esta Navidad no es como las demás. Vale que perdemos el calor humano, la compañía, las risas en familia y la ilusión de los niños al abrir los regalos, pero que hayamos decidido manifestar nuestra frustración dejando de comprar turrón no tiene sentido alguno. Debería ser al contrario, curarnos las penas con dulces navideños, no rebelarnos contra mazapanes y polvorones. Los artesanos del sector lo asumen con resignación, qué remedio, y esperan tiempos mejores, pero el panorama es desolador. Y lo más indignante, con todos los respetos para los panaderos italianos, es que de lo que más se está vendiendo son panettones. ¿Por qué? ¿De dónde nos viene esa afición, si hasta hace dos días la mayoría ni siquiera sabía de su existencia? Donde estén un buen turrón, un pan de Cádiz, unas glorias y unas figuritas... Y este año, además, sin tener que luchar por el último de la bandeja. 

El turrón paga nuestra frustración