“Crimen y castigo”

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En diciembre de 1970 se develó la faz del tirano; en septiembre del 75 se mostró en toda su crueldad fusilando a cuatro militantes de ETA y el FRAP.

Un acto terrible que conmovió nuestras conciencias al extremo de concebirlo inasumible y en ese sano convencimiento nos rebelamos y dimos, especialmente a ETA, credibilidad democrática. Creímos que aquellos jóvenes añoraban la libertad, que estaban allí para romper las cadenas de la dictadura, para abrir las fronteras de aquel mundo cerrado y gris, para llenar las calles de color y esperanza, y que quien los había llevado al extremo del insidioso crimen no era su perversa naturaleza sino la inercia represiva del régimen.

Creímos que una vez alcanzada la democracia, volverían ellos a sus vidas y las nuestras, retenidas en su manos, nos serían devueltas intactas y valerosas.

Eso pensamos, y por esa razón dimos crédito a ETA, terrible error. Muerto el dictador y llegada la democracia, ETA nos condenó sin sentencia y fusiló sin derecho a recurso cada día durante otra larga dictadura. Años en los que administró a su antojo el horror y el terror. Su lucha no era el universal y fraternal sueño del socialismo, sino la supremacía racial depositada, por el nacionalismo y sus adláteres, en sus manos.

Jamás hemos de creer en los verdugos, en los tiranos, y tampoco en aquellos que hoy lo hacen. Si así actúan es porque tienen crímenes por esperanzas y nuestra alienación por destino.

“Crimen y castigo”