El liquidador

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No está el paisaje político para sutilezas, lo sé. La última adquisición ideológica del cuántos somos y a cómo tocamos, dicho esto último con respeto, no hace sino abundar en esa certeza. Pero se me antoja hilar fino, y en esa voluntad he querido ver en la deriva de Artur Mas un maquiavélico movimiento de liquidación. Y no de la relación de Cataluña con España, sino de su partido con la sociedad catalana. 
CDC nació como cualquier sociedad mercantil, a la medida y talante del botiguers. Partido de abastos y economato, de misa y casino, es y fue la casa de los hombres del detall, a los que las grandes compañías dejaban el poder con la misma confianza que les fiaban las mercancías.
CDC ha gobernado todos estos años de democracia, pero ante la llegada de las grandes superficies ideológicas con sus imbatibles ofertas utópicas y sus ganas de agradar, han sido conscientes de que iban a perder el poder. Y ante esa realidad han ideado una estrategia radical, tanto que permita a sus dirigentes pilotarla sin sospecha, dándose así tiempo para ir adecentando las estancias de su dilatada estadía, más que nada por aquello de que nadie tenga que afearles la conducta por dejar la cama deshecha y revuelta, por no haber barrido y fregado. Entiéndase la metáfora. Y es ahí donde Mas adquiere relevancia política, como el Señor Lobo en “Pulp Fiction”, a él le ha tocado, como hombre de clan que es, hacer el trabajo sucio, digo limpio, eso, limpiar.

El liquidador