EL TURNO DE FRANCIA

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Primero fueron Grecia, Portugal, Irlanda y, en menor medida, España. Ahora le ha tocado el turno a Francia. El turno de poner a profunda revisión sus políticas económicas, a la vista de los desequilibrios estructurales que desde hace tiempo presentan sus cuentas públicas. Lo sorprendente es que no lo haya hecho antes. O que desde las instancias internacionales no le hubieran obligado ya a ello.
Y es que el país vecino acumula cuarenta años de déficit público. Es decir: que no registra superávit desde 1974, de modo que lleva cuatro décadas gastando más de lo que ingresa.  Al tiempo, desde el estallido de la crisis su deuda pública ha aumentado en casi treinta puntos. Esto es: ha pasado del 64,2 por ciento del PIB en 2007 al 93,5 por ciento del año último. En este tiempo también, su nivel de gasto público no sólo no ha bajado sino que ha crecido un 9 por ciento, superando así en más de siete puntos del PIB el gasto medio del conjunto de Europa. Finalmente, el paro se encuentra en cifras de récord y subiendo.
Hace escasos cinco meses, el presidente Hollande nombró primer ministro a Manuel Valls y le encomendó precisamente eso: cambiar  el rumbo de la economía del país a través de un mayor  rigor en el gasto, de la reducción de los niveles de déficit y endeudamiento, y de la puesta en marcha de una serie de reformas estructurales y de ajustes que devolvieran la competitividad y pujanza perdidas.
No pudo maniobrar debidamente el primer ministro debido a fuertes diferencias dentro del propio gabinete. Pero en vez de echarse atrás, no sólo logró del presidente el encargo de formar nuevo ejecutivo, sino que con la firmeza de siempre ha puesto al frente de la economía a un hombre, Emmanuel Macron, ubicado en la llamada ala liberal del socialismo francés. Un gobierno más coherente y cohesionado que el anterior  habrá de llevar a la práctica el programa de reformas y reajustes  imprescindibles. No será tarea fácil, pues habrá de lidiar con las protestas en la calle y con las discrepancias dentro de las propias filas socialistas.
Como bien se sabe, el presidente Hollande llegó al poder en París como la voz alternativa a la de la Alemania, con la pretensión de modular las políticas restrictivas de Angela Merkel y de seguir representando el segundo polo de poder en el seno de la Unión Europea. De momento, no ha logrado ni una cosa ni  otra. Más aún: la debilidad de Francia  ha dejado en soledad a la canciller alemana en el puente de mando europeo. Más que oportuno ha sido, pues, el acercamiento a su rueda practicado hace unos días por Mariano Rajoy.

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